Lunes 15 de julio de 2019.
Ayer se cumplieron 230 años del inicio de la revolución francesa, con la toma de la Bastilla, una cárcel en la que la monarquía gala encerraba a los opositores al régimen. Si bien es cierto que al momento de que la burguesía revolucionaria tomó ese bastión medieval sólo había siete presos, este evento simboliza el inicio de una revolución cuyo objetivo era poner fin “al antiguo régimen”, terminando con la etapa feudal caracterizada por la dominancia de un monarca absoluto asociado con el poder de la Iglesia a cuyo amparo había surgido la tesis del “derecho divino de los reyes”, conculcando al pueblo su derecho soberano a autogobernarse.
La revolución francesa fue un proceso cruento que costó muchas vidas tanto de los opuestos al antiguo régimen, como de los que defendían, a toda costa, la pervivencia de los privilegios de la nobleza y el clero, empeñados en impedir que “el pueblo bajo” accediera al poder. Fueron las ideas generadas por “los enciclopedistas”, un grupo de intelectuales convocados por Luis XV para hacer una compulsa del conocimiento de la época, las que se convirtieron en la palanca de la transformación que puso fin a un modelo económico, político y social, el feudalismo, para dar paso a otro nuevo, el sistema capitalista de producción, que ya había dado sus primeros pasos en la segunda mitad del siglo XVII, merced a la revolución inglesa, que terminó con la monarquía absoluta en aquella nación.
La revolución francesa fue encabezada por una burguesía revolucionaria dispuesta a terminar con el estado de cosas. Su propósito fue poner fin a la intervención del Estado en la economía, con el propósito de dar paso a un sistema económico que privilegiara la generación de la riqueza a partir de la transformación del dinero en capital. La burguesía necesitaba acceder al poder político para generar las condiciones que permitieran acelerar la generación de riqueza que hizo posible que esa clase social se convirtiera en dominante a costa de la explotación del trabajo de su antagónica natural, la clase obrera, cuya única opción de sobrevivencia era la venta de su fuerza de trabajo a los dueños del capital.
Como señalara Carlos Marx, el padre del materialismo histórico, en el seno del feudalismo se gestó un nuevo modo de producción gracias a la participación activa de una clase social, la burguesía, cuyo impulso revolucionario fue capaz, al tiempo de abatir al antiguo régimen, de transformar las estructuras económicas, políticas y sociales, impulsando un proyecto de democracia liberal que propició la división de poderes y otorgó al pueblo la capacidad soberana, antes atribuida exclusivamente al monarca y sus aliados.
La lucha contra el antiguo régimen
Concluyo señalando que la revolución burguesa de 1789 puso punto final al antiguo régimen enfrentando la oposición abierta de los conservadores franceses que pretendían mantener intacta las estructuras económicas y políticas. Se llegó al extremo de constituir dos comités, el de Salud Pública y el de Seguridad Pública, que implementaron medidas radicales, impulsadas por los jacobinos, que llevaron a la guillotina a los llamados enemigos del “Tercer Estado” que, incluso aliados a fuerzas externas, buscaron impedir los cambios que buscaban aquellos que creían en la “libertad, la igualdad y la fraternidad”, sustentadas en el ejercicio pleno de los derechos humanos y políticos de los ciudadanos, conculcados durante un largo período por aquellos que creían que el poder del pueblo, para el pueblo y por el pueblo”, era cosa del diablo.
A más de dos siglos de distancia, la Revolución Francesa sigue siendo un ejemplo de lo que significa la transformación de las estructuras políticas, económicas y sociales caducas. Impulsar una transformación, entonces y ahora, conlleva riesgos, sí, pero se convierte en un proceso necesario para erradicar todo aquello que impide que la sociedad, toda, prospere. El populismo de ayer, impulsado por los revolucionarios de entonces, parte del reconocimiento del derecho primigenio del pueblo a transformar sus propias circunstancias mediante una capaz de modificar un entorno caracterizado por la desigualdad y la tendencia a la concentración de la riqueza y los privilegios en muy pocas manos.
Hoy, como ayer, los cambios radicales concitan la resistencia de aquellos que a toda costa buscan la pervivencia de un régimen caduco que ha demostrado su inoperancia y su inclinación a la injusticia y a la desigualdad. Es cierto, el modo de producción capitalista derivó en un modelo que pervirtió la liberalidad que lo engendró, haciendo de la lucha de clases, entre la burguesía dominante y la clase trabajadora dominada, un escenario que prohijó la desigualdad. Desde luego, no se trata de invitar a una rebelión armada como la francesa o la rusa, que trajo consigo un nuevo modelo económico, político y social que prometía una sociedad igualitaria que, por cierto, quedó a deber.
De lo que se trata es de transitar, me refiero a México, hacia un estadio de desarrollo que no se funde únicamente en el crecimiento económico, sino en la generación de una riqueza que renuncie a ser concentrada en pocas manos en beneficio de unos cuantos y en detrimento de los muchos. La semana anterior, en este mismo espacio, señalé que la Cuarta Transformación a la que ha convocado Andrés Manuel López Obrador no puede entenderse como un simple cambio de gobierno. Esta convocatoria está legitimada por el resultado de un proceso electoral que obsequió a quien, a lo largo de más de tres décadas ha luchado por un cambio en este país, el derecho a encabezar esta necesaria transformación.
Resistencias al cambio de régimen
Lo que hoy vive la nación es un proceso dialéctico, similar al que ocurrió con la revolución francesa hace más de dos centurias. Fuerzas opuestas, sin duda antagónicas, se enfrentan con el objetivo, unos, de avanzar hacia delante a favor de un cabio de régimen; otros, en sentido opuesto, pretendiendo que la rueda de la historia no se mueva porque su movimiento conlleva el fin de su historia. De ese tamaño es el momento que vive la nación: Por ello, es tiempo de ubicarnos, con claridad y sin ambages, de uno u otro lado; esto es, de los que quieren un cambio o de los que se oponen al mismo, los que piden que el cambio se haga, como en otros tiempos, para que todo siga igual.
No nos equivoquemos, no se está invitando a una lucha fratricida, como ocurrió hace 230 años, o más cercano aún, en 1910, en México. La transformación que se pretende, la cuarta, parte de la imperiosa necesidad de entender que nuestro país no puede continuar por la ruta del desdén, de la impuesta ceguera que se niega a ver las enormes desigualdades existentes en una nación cuyo desarrollo desigual es una vergüenza. Se trata de definir de qué lado estamos: de los que quieren que la pobreza y la desigualdad sigan siendo el sello distintivo de un país cuya inmensa riqueza natural no ha alcanzado más que para dar riqueza a unos cuantos a los largo de los años, o, por el contrario, nos vamos a ubicar del lado de “los condenados de la tierra”, de aquellos que, todavía por las buenas, exigen poner fin a una etapa fundada en la corrupción que les ha arrebatado todo.
La renuncia de Carlos Urzúa, hombre de indiscutible talento, el tono de la misma, ha sido utilizada por los opuestos a un cambio de régimen, como la excusa para señalar que hay una fractura al interior del equipo de López Obrador, quien ha enfrentado, sin duda, el momento más crítico de su aún joven administración. Lo ha hecho, no denostando o descalificando al renunciante, pero sí señalando que su dimisión se funda en el disenso con los compromisos establecidos con la sociedad.
La llegada de Arturo Herrera a la titularidad de la Secretaría de Hacienda, que deberá ser ratificada por la Cámara de Diputados en un período extraordinario que habrá de celebrarse esta misma semana, pese a los presagios de los agoreros del desastres, sí, los mismo que se levantan apostando a la tragedia y se duermen pensando que ella ocurrirá al otro día, concitó el apoyo general en razón de sus credenciales profesionales y a su trabajo institucional que ha rendido buenos frutos a lo largo de los años.
“No voy a fallar”, es una frase que resume el compromiso de quien, lo sabe muy bien, tiene sobre sus hombros la responsabilidad de garantizar la pervivencia de un reiterado compromiso presidencial: vamos a crecer, sí, pero mirando hacia el bienestar pleno de la sociedad. No se trata de crecer por crecer, ha dicho una y otra vez el presidente nacido en esta tierra del trópico húmedo. Se trata de generar desarrollo. Crecer es un simple anhelo cuantitativo, se trata de lograr el desarrollo, sí, el que viene acompañado de mejores condiciones de vida. No se trata de construir carreteras, de los que se trata es que estas conduzcan hacia el progreso compartido.
Las momentáneas inquietudes de los mercados y la depreciación del peso frente al dólar, quedaron tan sólo en fallidos intentos de los especuladores que buscaron, como siempre, hacer su agosto. El nombramiento de Herrera, insisto, fue bien recibido dentro y fuera del país. Le toca a él, luego de su ratificación en el Congreso, conducir la economía del país hacia mejores puertos. No podemos cerrar los ojos ante un escenario poco favorable. La economía mexicana se haya detenida. Ha dejado de crecer el consumo y ello se acrecentará en razón de que el número de nuevos empleos también se ha frenado. Esto tendrá, sin duda, un efecto en el crecimiento del PIB que ya venía decreciendo desde mediados del año pasado.
Se ha dicho de manera insistente que se quiere abandonar el modelo neoliberal que por más de tres décadas imperó en nuestro país. Para hacerlo, para impulsar un desarrollo como el que promete el gobierno federal, es necesario incrementar el gasto público con la finalidad de generar nuevos empleos y volver alentar el consumo. Sin embargo, en tanto no crezca la inversión privada nacional y extranjera, será imposible mover el PIB a los niveles ofrecidos. Para ello, es necesario dar certeza al inversionista privado y ello requiere, obligadamente, privilegiar un discurso persistente que mande señales claras a los dueños del capital de que invertir en México es seguro y redituable.
Abandonemos las tesis monetaristas que hoy imperan en la mayoría de los miembros del Banco de México, que se niegan a bajar las tasas de interés hasta que no haga lo propio la Reserva Federal de los Estados Unidos. No nos engañemos, la estabilidad del peso frente al dólar obedece a que capitales especulativos encuentran en nuestro país un premio adicional en nuestras elevadas tasas de interés. El Nuevo Trato, emulando al implementado en los Estados Unidos luego de la Gran Depresión de 1929, debe basarse en la aplicación de estrategias de crecimiento orientadas a generar el pleno empleo mediante el gasto público. Por ello, sin renunciar a los programas sociales distintivos de esta administración, la Secretaría de Hacienda debe impulsar, para el 2020, un Presupuesto de Egresos capaz de detonar el desarrollo. Este es el reto que tiene enfrente quien, a partir de esta semana, dejará de ser el encargado del despacho para convertirse en el hombre de las finanzas públicas de la 15ª economía mundial. ¡No nos falles Arturo¡
“El que se aflija, se afloja”
Con respecto a la estridente renuncia de Carlos Urzúa, y a los presagios de un fatalismo desbordado por la misma, vale la pena reproducir parte de las opiniones vertidas por el analista político Jorge Zepeda Patterson (en ocasiones duro crítico del estilo personal de gobernar del presidente López Obrador), publicado un día después en el diario español “El País”. Acerca de las reacciones del tabasqueño a la dimisión de su secretario de Hacienda, señala que: “En esencia, AMLO dijo que Carlos Urzúa se había ido porque estaba en desacuerdo con el Plan Nacional de Desarrollo y con Alfonso Romo, su jefe de gabinete a cargo de las relaciones con la iniciativa privada, por disputas en el manejo de la banca de desarrollo.”
Destacó, además, que el mandatario conoció de la intención de Urzúa de renunciar y de la dureza del texto que acompañaba tal decisión y que en ningún momento pidió se modificara. Las razones de Urzúa están ahí, López Obrador eludió el camino histórico de atribuir su salida a otras causas: “Habría sido peor que se fuera ‘por motivos de salud’, como se acostumbraba antes”, cita textual Jorge Zepeda, quien señala que: “(…) con su disposición a hablar abiertamente de los motivos de su ministro para dejar de serlo, AMLO conjuró los rumores, especulaciones y presagios funestos que circularon durante la jornada. Y adelantó que podrían presentarse más renuncias como resultado de diferencias de parecer entre los hombres y mujereas que lo acompañan, más aún, que la parecía natural porque no desea cortesanos acríticos.”
No obvió el articulista recoger el planteamiento del presidente de la República sobre la toma de decisiones en su administración: “(AMLO) aseguró que escucha las objeciones, cuando las hay, pero al final, él toma las decisiones y respeta que renuncien cuando no están de acuerdo, pues le parece que es un asunto de convicciones”. Si alguien tiene dudas de que así piensa el nacido en esta tierra, acuda al texto de la renuncia presentada al gobernador Enrique González Pedrero.
Finalmente, Jorge Zepeda considera que, por la manera de enfrentar esta crisis, a Andrés Manuel le queda como anillo al dedo la frase del finado presidente panameño, Omar Torrijos, sí, aquel que recuperó para su país la soberanía del Canal de Panamá: “El que se aflija, se afloja”.
Zepeda Patterson concluye su análisis con esta reflexión: “Se acusa a López Obrador de vivir su propio mundo, pero lo mismo podría decirse de sus muchos adversarios. Desean con tanta intensidad que se cumplan sus temores, en buena medida alimentados por su aversión al mandatario, que ven en cada señal la confirmación de sus profecías. El problema de estar anunciado la llegada del lobo, sin que esto suceda, es que se pierde la credibilidad para seguir invocando alarmas.”
Desarrollo para Tabasco
Esta semana, los que aquí vivimos, recibimos varias buenas noticias que están orientadas a fortalecer la economía de nuestra entidad como ha sido el compromiso reiterado del gobernador Adán Augusto López Hernández: Fortalecimiento de las estrategias de seguridad, demanda prioritaria de la sociedad. Dos mil millones para el rescate de malecones. El plan contempla saneamiento de ríos, recuperación de espacios públicos y privados y modernización de infraestructura. Quinientos millones para la primera cuenca lechera del estado. El proyecto piloto arrancará en Huimanguillo involucrando a 25 grandes productores. Se le apuesta al campo como generador de desarrollo, sin dejar de lado convertir a Tabasco en el eje del proyecto energético nacional. Rocío Nahle, secretaría de Energía, anunció el viernes pasado que en 15 días conoceremos a los ganadores de las licitaciones para la construcción de la refinería de Dos Bocas, en Paraíso.