Emilio de Ygartua M.
Lunes 31 de agosto de 2020.
Estamos a un poco más de dos meses de las elecciones en los Estados Unidos. Sería exagerado señalar que serán los comicios más complejos de su historia, pero, sin duda, se desarrollarán en un escenario inédito derivado de la contingencia. Se anticipa que más del 40 por ciento de los electores sufragarán utilizando el correo por temor al contagio, lo que hará que el conteo de los votos sea más lento, incluso, retrasar varios días el resultado final de la elección. Este hecho ha sido utilizado por Donald Trump para señalar el riesgo de que el proceso sea invalido y que los demócratas, argumenta, cometan un fraude para evitar su reelección.
Los Estados Unidos han vivido momentos muy complejos a lo largo de su vida independiente. Los “Padres Fundadores” construyeron un modelo democrático que, de entrada, apostaba por la república y por la elección de un presidente, primera nación que se decantaba por esa figura. Además, incorporaron en su Carta Magna la división de poderes a la manera en que Montesquieu la plasmó en su obra “El Espíritu de las Leyes”. Democracia representativa y popular que tanto admiró el también francés Alexis de Tocqueville, como lo mostró en su obra clásica “La democracia en América”, publicada en 1835, resultado de su viaje (mayo de 1831) a esa nación, recientemente emancipada de la corona inglesa.
En esa obra, el jurista, académico y político galo, pone de manifiesto su preocupación por el retroceso de lo político frente a formas blandas de tiranía, obsesión que ha pervivido hasta nuestros días, como queda de manifiesto en la obra póstuma del sociólogo político contemporáneo Peter Mair, “Gobernar en el vacío”. Tocqueville mezcla en su libro la resignación ante la llegada de un mundo nuevo, con un análisis muy a fondo, con rigor científico, del espíritu que conlleva la emergencia de la joven democracia de Estados Unidos.
El politólogo francés, que había vivido los complejos y antagónicos momentos de la revolución francesa, transitado por el período del terror, el consulado, el imperio napoleónico y la restauración de la monarquía, expresa en su obra la “inevitable tendencia” en el mundo a favor de la igualdad, colocada en el centro de todas las preocupaciones, herencia de aquella revolución burguesa: libertad, igualdad y fraternidad.
Para Alexis, la democracia tiene dos acepciones, dos sentidos: la democracia como régimen político, que conforma la primera parte de su obra; y la democracia como estado social. En la primera acepción, la democracia sería un conjunto de determinadas formas políticas, entre las cuales destacan el principio de la soberanía popular, que pone fin al concepto de “soberanía asignada a una persona y no al pueblo todo”, fundado en el “derecho divino de los reyes”, basamento de las monarquías absolutas, que pudo sobrevivir a las grandes revoluciones para mutar en regímenes monárquico parlamentarios, desprovistos del poder legislativo, sí, pero manteniendo el control del gobierno y del poder Judicial.
La noción tocquevillana de democracia apunta sobre todo hacia un Estado social “cuyo hecho generador, cuyo principio único, es la igualdad de las condiciones tras la destrucción del Antiguo Régimen.” Para él, la igualdad de condiciones trae consigo la movilidad social. Es claro al puntualizar que en tanto en la aristocracia las relaciones “estaban regidas por la obediencia voluntaria, en la democracia las relaciones son meramente contractuales.” En este punto se observa en él la influencia roussoneana de un “Contrato Social” orientado a la recuperación de las libertades primigenias propias del “Estado de naturaleza”, revirtiendo los que, en nombre de la seguridad y la pervivencia del bien común, priva a los hombres de su derecho a la igualdad y cancela su tránsito hacia una individualidad plena.
Como lo establecieron en la Constitución los “Padres Fundadores” de la nación norteamericana, Tocqueville enfatiza que: “En una sociedad en la que todos son iguales, independientes e impotentes, solo hay un medio, el Estado, especialmente capacitado para aceptar y para supervisar la rendición de la libertad.” Este pensamiento, vigente hoy, tendrá un efecto decisivo en el proceso electoral de noviembre próximo. Obama dice que con Trump la democracia americana están riesgo, éste manifiesta que con Biden el modelo norteamericano fundado en la ley y el orden, está en peligro. Polarización en extremo.
Inicia la contienda. Noviembre en la mira.
Ungidos como candidatos de sus respectivos partidos, Donald Trump y Joe Biden, buscarán el voto ciudadano, sí, pero con la vista puesta en un Colegio Electoral (CE) que los “Padres Fundadores” vieron como una especie de “fiel de la balanza” que evitara el triunfo de la oclocracia, el gobierno de la muchedumbre, a la que tanto temían los clásicos como Platón, Aristóteles y Polibio. Sí al sufragio universal, pero al final del día, como han ocurrido en varias ocasiones, será el Colegio el que dirá la última palabra en los comicios de noviembre próximo. Éste está integrado por 538 electores provenientes de todos los estados, se requieren al menos 270 votos para alcanzar la presidencia, la mitad más uno del total de los grandes electores.
Al Gore no pudo vencer a George W. Bush, aunque obtuvo un cuarto de millón de votos más que el texano. El demócrata perdió en Florida, gobernado por Jeb Bush. Los 19 votos electorales le dieron el triunfo a su hermano. En 2016, Hillary Clinton tampoco logró vencer a Donald Trump no obstante haber obtenido 3.3 millones más de votos ciudadanos que su opositor republicano. Michigan, Wisconsin, Pensilvania y Florida, se convirtieron en estados “bisagra”, que permitieron al magnate neoyorquino llegar a la Casa Blanca.
Así es el sistema electoral de los EU, criticado por muchos dentro del país, especialmente por los jóvenes con formación universitaria que consideran que no es un modelo democrático. Fuera de los Estados Unidos, no son pocos los analistas políticos que lo descalifican señalando que resulta una falacia que este país se ostente como ejemplo de democracia para el mundo. Esas son las reglas y van a estar vigentes en estas elecciones que se anticipan reñidas. Si bien es cierto que Biden lleva ocho o nueve puntos de ventaja en la mayoría de las encuestas, la realidad es que la moneda está en el aire y juega a favor de quien hoy ocupa la Casa Blanca. En el pasado reciente recordamos a dos presidentes que no lograron su propósito de reelegirse: el demócrata James Carter, vencido ampliamente por el republicano Ronald Reagan, y el republicano George Bush, derrotado por el demócrata William Jefferson Clinton. Vale mencionar que tanto Reagan como Clinton gobernaron dos períodos con muy buenos resultados económico que, al segundo, incluso, le permitió salir incólume de un proceso de enjuiciamiento.
La semana antepasada Joe Biden fue dsigndo formalmente como candidato a la presidencia por el Partido Demócrata, en una ceremonia virtual en la que los discursos se centraron en hacer una explícita crítica a la gestión del actual inquilino de la Casa Blanca. Críticas que pasaron por la denuncia por su mala gestión de la pandemia, fundada en falsedades, en recomendaciones temerarias sobre fármacos y promesas sobre la posibilidad de contar con una vacuna antes de los comicios. La crisis económica y la violencia racial, también fueron parte de los discursos.
La designación de Kamala Harris como compañera de Biden, tiene como propósito atraer a los jóvenes, a los latinos, a los desempleados, sí, pero preponderantemente a la población afroamericana que ha visto crecer las muestras de odio y violencia durante una administración decidida a reposicionar las tesis de los supremacistas blancos y otorgarles mayor participación en la gestión gubernamental. Las protestas callejeras crecen porque, pese a la repulsa interna y externa, las policías de muchos estados de la Unión, siguen usando la fuerza extrema y las armas contra las minorías de color.
Ley y orden, oferta invariable de Trump.
“Ley y orden”, continúa siendo la premisa de campaña de Donald Trump y del partido republicano que, pese a sus excesos y errores de gestión, sigue arropando al hombre que les permitió regresar a gobernar a un país que, según ellos, había transitado hacia la izquierda durante el mandato de Barack Obama, intención que, enfatizan, mueve ahora a Joe Biden, cuyo programa de gobierno propone un cambio que deje atrás la etapa de “oscurantismo” que ha caracterizado a la actual administración. Del otro lado, los republicanos piden el voto a favor de Trump para “salvar a los Estados Unidos del socialismo de Biden.” ¡Hágame usted el favor!
En un acto de campaña realizado en la Casa Blanca, criticado por los demócratas por utilizar un escenario público (se suma a ello las honras fúnebres a su hermano efectuadas en ese mismo escenario), el presidente de los Estados Unidos, ante más de mil quinientos asistentes, muchos de ellos sin cubrebocas ni guardar la sana distancia, alertó sobre los peligros de una elección que será decidida por el voto a través del correo e insistió en el riesgo de que los demócratas cometan fraude para evitar su reelección. “Sólo así lo lograrían”, insistió en varias ocasiones.
En Charlotte (Carolina del Norte), un histriónico Donald Trump, haciendo gala de sus tablas en materia de producción de programas televisivos, apareció sorpresivamente en la Convención Republicana para pronunciar un discurso, calificado por la prensa como “caótico y largo”, en el que demostró, por si alguien lo dudaba, su poder absoluto sobre el partido republicano.
Al grito de ¡Cuatro años más! fue recibido en Charlotte por 560 delegados. ¿Por qué no doce más? Les replicó con una amplia sonrisa quien ha sugerido en varias ocasiones que le gustaría prolongar su mandato más allá del límite establecido en la Constitución por Franklin D. Roosevelt, último mandatario que fue elegido para un tercer período (que por su muerte fue concluido por Harry S. Truman).
El actual inquilino de la Casa Blanca, quien se niega a dejar de habitarla, sin evidencia de ningún tipo, señaló: “Los cazamos [a los demócratas] haciendo cosas malas en 2016 y ahora están preparando cosas malas”, en alusión a un supuesto espionaje a su campaña ordenado por el presidente Barack Obama y su vicepresidente Joe Biden, en aquel año. Acusación que nunca se comprobó.
Fanático de las fake news y de las redes sociales, seguramente las usará de manera profusa a lo largo de esta campaña electoral virtual. Lo hará fundado en las tesis del padre de la propaganda nazi, Joseph Goebbels, quien afirmaba que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. Lo que sí es cierto, es que de una mentira siempre queda algo en la mente de la gente, especialmente en la de sus fanáticos adeptos que creen todo lo que él les dice y les promete.
Sabe bien que su gestión de la pandemia ha sido funesta, por ello pretende curarse en salud al decir que sus adversarios: “Están usando la Covid-19 para robarse las elecciones. Hay que tener cuidado. Esta vez tratan de hacerlo con el timo del voto por correo. Tenemos que ganar. Es la elección más importante de la historia de nuestro país.” Por ello, pidió a los electores en general, pero en espacial a los miembros de un partido al que ha moldeado a su antojo, “su total apoyo”.
Melania Trump, al igual que Michelle Obama, abrió la convención republicana con un discurso inesperado al convocar a la unidad contra el racismo, en momentos en los que, lejos de disminuir las tensiones éstas han escalado debido a nuevos actos policiales en contra de un joven afroamericano en Wisconsin donde un joven blanco disparó contra los manifestantes que demandaban justicia por la violencia racial. Eventos deportivos y entrenamientos fueron cancelados en protesta. Trump atacó a la NBA a la que señaló de haberse convertido en una organización con fines políticos. Frente a este escenario caótico que ha tensado el escenario electoral, el partido de Trump, ha adoptado la postura de los changuitos: ni ve, ni oye, ni dice nada. El “Gran Viejo Partido”, a través del Comité Nacional Republicano, ha decidido, por primera vez en su historia, no adoptar un nuevo programa electoral para esta campaña, sino “continuar apoyando entusiastamente la agenda de América Primero del presidente.”
Con las elecciones a la vuelta de la esquina, es necesario señalar que el 80% de los republicanos consultados han manifestado que votarán el 3 de noviembre por la mancuerna Trump-Pence, como lo hicieron cuatro años atrás. Además, el gran peso que tendrán las millonarias aportaciones económicas de la Asociación del Rifle, cuyos dirigentes saben que con el triunfo de esa dupla garantiza la vigencia plena de la Tercera Enmienda.
Así las cosas, Joe Biden no la tiene fácil. Su equipo de campaña debe ponerse las pilas para poder incrementar, o al menos mantener la ventaja que hoy le dan las encuestas, de lo contrario, no llegará a la otra orilla, ni empujado por Komala Harris. Todo esto anticipa una elección muy cerrada, que impide en este momento señalar a favor de quién caerá la moneda.
El regreso a clases.
No son extrañas las críticas al modelo educativo implementado por la SEP, vienen de personas, grupos y medios de comunicación que siempre muestran su disgusto u oposición a cualquier medida tomada por el gobierno de la 4T. Se sabía desde el inicio que este proyecto educativo tenía sus limitaciones, que se enfrentaba a una verdad inocultable: baja cobertura de la red de internet y muchos hogares que aún no cuentan con una televisión. Es cierto que los padres están viviendo un viacrucis al tener que mantener en casa a sus hijos y desempeñar un papel importante en este proceso educativo. También, que la medida ha tenido efectos negativos en la economía ya que se han dejado de vender libros, cuadernos, uniformes, entre otras cosas. Llueve sobre mojado.
Todo esto es cierto, pero: ¿Es mucho pedirles a los críticos inmisericordes que ya anticipan que se perderán 7 años de educación sin datos duros, y que presagian que la deserción será imparable, que se sumen y que entiendan que en este momento no hay de otra? Así como hay una dicotomía entre salud y economía, también la hay entre educación y salud. Lo fácil hubiera sido, como ha ocurrido en algunos países, cancelar el ciclo escolar y decir “nos vemos en agosto del 2021”. Seamos congruentes.
El problema es que los plutócratas, los fanáticos del gobierno de los ricos, que sólo ven hacia arriba y nunca miran para abajo, no aceptan que la pobreza es nuestro principal enemigo. Se ha evidenciado con la pandemia la enorme marginación que pervive en la nación, por ello, aunque no les guste, se debe ver primero por los pobres y, como señala Andrés Manuel López Obrador, esta no es una idea comunista, como tanto los alarma, sino un acto de justicia con los que menos tienen. La educación es, debe serlo siempre, prioridad y compromiso de todos, más allá de las visiones partidarias o de los intereses económicos de unos cuantos.