Prospectiva.

Emilio de Ygartua M.

Lunes 23 de noviembre 2020.

Mientras en los Estados Unidos dirimen sus controversias electorales, los países asiáticos han logrado concretar un acuerdo comercial que se venía cocinando desde hace más de ocho años. Un Tratado de Libre Comercio que impulsará el intercambio de mercancías en una vasta zona que abarca una tercera parte de la población mundial. La India decidió esperar para insertarse en este acuerdo (con su 1.1 mil millones de habitantes), lo que lo fortalecería de manera exponencial, no obstante, lo alcanzado tendrá un enorme impacto en el comercio y en la geopolítica mundial. 

Derivado de la caída del Muro de Berlín (1989) y de la desintegración de la URSS (1990), que provocó el fin de la llamada Guerra Fría, Estados Unidos se entronizó como la potencia hegemónica mundial. Su dominancia política y militar llegó acompañada del establecimiento de un nuevo componente en el ámbito del intercambio de mercancías. 

La Triada del Comercio Internacional se convirtió en el referente para entender las relaciones comerciales a nivel planetario, a la luz del modelo neoliberal que impulsó el libre comercio y la multilateralidad como estrategias para que los países industrializados pudieran expandir la venta de sus productos en otras latitudes, especialmente en las naciones con menor grado de desarrollo. La transnacionalización del comercio vivió sus mejores momentos.

Esta triada se ilustra con un triángulo equilátero que en cada uno de sus vértices ubica al país dominante y su área de influencia. Estados Unidos y la zona americana; Alemania y la región europea contenida en el Mercado Común, hoy Unión Europea y, en el tercer vértice, se ubica la región asiática que al inicio de los años noventa era liderada, todavía, por la entonces segunda potencia económica mundial: Japón. Para entonces, China ya se vislumbraba como el gigante que se levantaría y dominaría al mundo, como lo había anticipado, desde 1805, el emperador francés, Napoleón Bonaparte. 

La llegada al poder de Den Xio Ping (1975) fue un parteaguas en la transición de esta nación que pasó de un modelo cuasi feudal a uno capitalista, sin abandonar el socialismo. China logró transitar de ese modelo cuasi feudal, preponderantemente agrario, a un modelo industrial que le permitió, al inicio del siglo XXI, convertirse en una potencia económica, desplazando, paulatinamente a Canadá, Gran Bretaña, Francia, Alemania y, por último, a Japón, convirtiéndose en la segunda potencia económica mundial, con tasas de crecimiento anual de 2 dígitos que impulsaron el crecimiento del ingreso per cápita y del PIB a niveles similares a los países industrializados.

Esta transformación permitió el impulso de su comercio, además, un avance significativo en sus capacidades tecnológicas lo que se refleja especialmente en su sector militar. Destaco lo anterior porque tiene un papel muy importante en la dominancia regional, modificando los equilibrios geopolíticos, ganándole presencia e influencia a Japón, primero y, después, a los Estados Unidos, hecho que explica en muchos los roses entre ambas naciones, especialmente durante la administración de Donald Trump. Esto es, las discrepancias entre estas dos naciones no se constriñe al comercio o a temas tecnológicos como el desarrollo del 5G, sino al avance en la esfera militar que ha logrado el imperio chino.

China es una nación sui generis, donde cohabita un modelo político centralizado y autoritario, con un modelo económico capitalista que ha permitido, sin dejar de mencionar los efectos negativos en temas como los derechos humanos y la democracia, un crecimiento económico qué se ha convertido en desarrollo y en paradigma para muchos países de la región, pero también en factor de temor, por el crecimiento y fortaleza de su aparato militar. 

Este país ha logrado avances cuantitativos acompañados de avances cualitativos que se observan en la mejor calidad de vida de un importante porcentaje de su población, especialmente la que habita en la zona oeste, colindante con el Océano Pacífico, región con un importante desarrollo urbano y con una infraestructura portuaria que permite una fácil comunicación y traslado de mercancías con las naciones asiáticas, con los países del continente americano, desde Alaska hasta la Patagonia, con los que ya sostiene un importante intercambio de mercancías que muestra un claro superhábit a favor de la nación asiática. 

¿De dónde venimos y hacia dónde vamos en la región asiática?

Esta asociación de países asiáticos no es obra de la casualidad, es resultado de un largo y sinuoso camino que inicia al concluir la Segunda Guerra Mundial. Entonces, Japón, integrante del eje Berlín-Roma-Tokio, derrotada en agosto de 1945 luego del bombardeo de Hiroshima y Nagasaki, ciudades en las que la fuerza aérea norteamericana arrojó dos bombas atómicas que dejaron un número incalculable de muertos y afectaciones a la infraestructura física de una nación que luego fue sometida mediante acuerdos que impusieron, entre otras cosas, la disolución de su ejército y el impedimento para fabricar cualquier componente bélico.

Al igual que Europa, este país fue beneficiario de un apoyo económico proveniente de los Estados Unidos. En el viejo continente, el Plan Marshall sirvió para la recuperación de Alemania Occidental, Francia, Italia, Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo, con el objetivo de evitar una nuevo conflicto mundial. Ese escenario permitió la creación de la Comunidad Económica del Carbón y el Acero (CECA), el Eurotom, para utilizar la energía atómica para fines pacíficos, y el Mercado Común Europeo (hoy UE). El “milagro alemán”, es consecuencia directa de todas estas acciones que convirtieron a Alemania en líder de esa región, sobre todo, luego de la Segunda Unificación Alemana (1991) y el paulatino crecimiento de la comunidad europea hasta llegar a los 28 miembros.

Japón también recibió recursos importantes mediante el llamado Plan Truman, que al tiempo que ayudó a la recuperación económica de esa nación, sirvió para frenar el avance de China Comunista en la región asiática luego del triunfo de la revolución socialista encabezada por Mao Zedong; objetivo central de la llamada “Doctrina Truman”, que siguió al pie de la letra su sucesor el republicano Dwigth D. Eisenhower, lo que dio lugar a la entrada de Estados Unidos en el Sureste Asiático, dando lugar a la Guerra de Vietnam. 

A principios de los años 60, el llamado “milagro japonés” era evidente. El imperio del “Sol Naciente” había recuperado el vigor económico, la generación de empleos e impulsado un modelo tecnológico que pronto lo puso a la vanguardia a nivel mundial. Papel importante tuvieron las universidades y tecnológicos cuya participación en la formación de recursos humanos altamente calificados fue muy importante en la construcción de un modelo económico con alta solvencia que pronto tuvo una presencia significativa en el comercio internacional, incluso, al interior de su antiguo enemigo y ahora socio comercial: Estados Unidos.

Japón contribuyó al desarrollo de muchos países de la región con un menor desarrollo industrial que se convirtieron en maquiladores de los productos elaborados en aquella nación. Poco tiempo después surgió una nueva asociación conocida como los “Cuatro Tigres Asiáticos”, conformada por Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong y Singapur, que impulsaron un modelo de industrialización orientado a la exportación en países en desarrollo. El crecimiento económico e industrial de estas cuatro naciones fue resultado del dinamismo de sus ventas externas de manufacturas, logrando niveles de crecimiento equiparable al de las naciones más avanzadas.

En 1967 nace un nuevo proyecto de cooperación económica en esa región en el que participan cinco naciones: Filipinas, Indonesia, Malasia, Singapur, y Tailandia, denominado Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN). Entre 1984 y 1999, esta asociación se amplió con la incorporación de cinco nuevos miembros: Brunéi, Vietnam, Laos, Birmania/Myanmar y Camboya. En 2015, los diez países miembros de esta asociación firmaron acuerdos para transitar hacia una zona de libre comercio, AFTA, por sus siglas en inglés.

Esta nueva comunidad económica, integrada por 630 millones de personas, se fijó como objetivos principales impulsar el libre comercio de bienes y servicios y el tránsito de trabajadores entre sus Estados miembros sin necesidad de visados. Asimismo, tenía como finalidad principal hacer frente a la competencia de China y la India, rivales y, al mismo tiempo, importantes socios de la ASEAN. 

En 2010, precisamente estos dos países, China y la India, iniciaron un proceso de acercamiento con los diez países miembros de esa asociación. El propósito era muy específico: construir un acuerdo, una alianza capaz de sumar a un tercio de la población mundial que significa el 29% del PIB del planeta. Una década después se ha firmado en Hanoi, la histórica capital de Vietnam, un mega tratado que, como ya mencioné, incluye tanto a los diez miembros de la ASEAN, como a China, Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda.

Este acuerdo, cuyas siglas en inglés son RCEP (Regional Comprehensive Economic Partnership), se constituye en una alianza integradora económica regional que, a pesar de no haber logrado la sumatoria de la India en este momento, será mayor que el T-MEC (Estados Unidos, México y Canadá) y que la Unión Europea, juntos. De entrada, eliminará aranceles a las importaciones hasta el año 2040. Además, incluye provisiones respecto a la propiedad intelectual, telecomunicaciones, servicios financieros, comercio electrónico y servicios profesionales.

Si bien es cierto que muchos de los países miembros ya tienen tratados de libre comercio entre sí, sus limitaciones hacen que el nuevo acuerdo los ubique en un espacio de guarda en razón de las enormes bondades que el nuevo acuerdo incluye, en particular, el impulso a negocios que se basan en cadenas globales de suministro.

Es necesario comentar que el RCEP se había vislumbrado durante el mandato de Barack Obama, motivo por el cual el mandatario norteamericano promovió un Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TTP), del que formaban parte México, Chile y Perú, pero no China. La llegada de Donald Trump a la presidencia, y su desinterés por impulsar este acuerdo, del cual se retiró en 2017, prácticamente marcó el final del mismo, dejando huérfanos a los tres países latinoamericanos. En esta decisión del presidente republicano podemos encontrar la génesis del nuevo acuerdo firmado por las catorce naciones asiáticas.

Diversos analistas coinciden en señalar que la guerra comercial entre Estados Unidos y China, y el que Donald Trump haya privilegiado el “Estados Unidos primero”, acabando con la idea de su antecesor de mirar más  la región asiática, sirvió de palanca para impulsar y complementar el RCEP, “qué es visto como la oportunidad para Beigin de dominar la agenda comercial regional sin tomar en cuenta a Washington”. 

Estos mismos analistas señalan que China será la mayor beneficiaria, como la fuente clave de importaciones y principal destino de exportaciones para la mayoría de los miembros de este acuerdo, lo que, destacan, le permitirá influir en las normas comerciales y expandir su influencia en la región Asia-Pacífico, algo que Obama quería prevenir. ¿Buscará Joe Biden hacer algo para impedirlo? Es la pregunta que muchos de estos analistas se hacen. Si las cosas cambiarán con la llegada a la presidencia del demócrata el próximo 20 de enero, luego de brincar todos los obstáculos que su opositor republicano se ha empeñado en colocar en la ruta hacia la transición del poder. 

Si revisamos el programa de gobierno presentado a los norteamericanos por el candidato demócrata, se podrá ver que el tema del comercio internacional ocupa un espacio mínimo, por lo cual es muy difícil anticipar, primero, su postura ante este nuevo acuerdo de libre comercio, segundo, si su interés será revivir el TTP, no solo para configurar una muralla ante el asedio asiático, además, como una muestra de un interés, hasta hoy no mostrado, por reconstruir la relación con los países latinoamericanos, abandonados durante los cuatro años de gobierno de Donald Trump. 

En este tema, tampoco hay mucha tela de donde cortar. En su programa de gobierno la relación con sus vecinos del sur se reduce a unas cuantas y difusas líneas que no permiten vislumbrar, y mucho menos definir, cuál será la política a seguir con nuestra región. Sin embargo, es indudable que el acuerdo firmado en Hanoi obligará al equipo de trabajo de Biden a replantear la relación con América Latina, Asia y con la Unión Europea, derivado de los ajustes que sufre la Tríada del Comercio Internacional con efectos en la geopolítica mundial. En el viejo continente esperan con ansias locas el cambio. Creen firmemente que durante el mandato de Joe Biden se puede dar la vuelta a una página marcada por una relación ríspida derivada de las malas formas diplomáticas de Donald Trump, que generaron serias fracturas, distanciamiento y una evidente desconfianza mutua.

De todo un poco.

La liberación del general Salvador Cienfuegos y su traslado a México ha generado diversas lucubraciones. Algunos consideran que la detención del que fuera secretario de la Defensa en el gobierno de Enrique Peña Nieto, fue parte de una estrategia electoral de Donald Trump, cuyos efectos no son fáciles de contabilizar. Sobre el desistimiento de la autoridad judicial norteamericana, sin duda, hubo una larga y compleja negociación que, finalmente, tuvo éxito. Diarios norteamericanos señalan que el argumento que más peso fue la amenaza del gobierno mexicano de retirar su anuencia para la presencia de agentes de la DEA en nuestro país y enfriar todo lo relacionado con actividades coordinadas en la lucha contra el tráfico de drogas. En México esto se niega. Lo que sí es una versión muy creíble es la molestia que esta acción unilateral generó en las fuerzas armadas que expresaron su malestar al presidente Andrés Manuel López Obrador por la vía del actual secretario de la Defensa, lo que hizo que el mandatario modificara su discurso original. También se especula que la negativa a reconocer en este momento la victoria de Joe Biden, independientemente de un apego a principios históricos, obedece más al propósito de no generar una reacción negativa de Donald Trump que echara por tierra el acuerdo. No queda duda que Salvador Cienfuegos está hoy en su casa, sí, gracias a la gestión del gobierno mexicano, pero, esencialmente, merced a que el todavía presidente de los Estados Unidos lo consintió cuando le explicaron las repercusiones derivadas de esta acción…Barack Obama, a mi juicio, se vislumbra como el factor de contención de Donald Trump cuando éste deje la presidencia y busque capitalizar los casi 71 millones de votos alcanzados. Ser líder virtual de su partido y volver a aparecer en las boletas el 2024, es su propósito. En esa ruta va a tratar de hacerle la vida de cuadritos a su sucesor, acusándolo, dia con día, de haber ganado la presidencia “de manera ilegal”. Narrativa que le ha comprado buena parte de sus votantes, que ya han salido a la calle, armas en mano a expresar su rechazo a Biden. La polarización crecerá, como ya lo anticipó el expresidente Obama en entrevista hecha por el director de “El País”, al que señaló que la división en su nación no es obra de Trump, “venía desde antes, pero él se encargó de atizar la hoguera con su discurso misógino, ultranacionalista, xenofóbico”. Por cierto, vale la pena leer el nuevo libro del primer mandatario afroamericano: “Una tierra prometida”…Sobre Estados Unidos, para entender que pasó en las elecciones del 3 de noviembre pasado, es necesario ir más allá del número de votantes, hay que analizar la geografía y demografía electoral. La sociología política adquiere preeminencia y utilidad analítica en estos momentos…Cada día observo a Alfonso Romo, jefe de la Oficina de la Presidencia, más dispuesto a tirar la toalla. Su discurso sobre la necesidad de fomentar la inversión privada como la única manera de generar riqueza para distribuir riqueza, choca, una y otra vez, con el muro conformado por los grupos radicales de la 4T que no quieren saber nada de alianzas o de acuerdos con ese sector. Cuando ya no alcancen los recursos para los programas sociales, porque tampoco habrá más fideicomisos que extinguir, quizá será demasiado tarde para recular…Se ha aprobado en el Senado el uso lúdico y medicinal de la mariguana. Un paso importante. Ojalá que en la Cámara de Diputados no pongan oídos sordos a la demanda de que se descriminalice su uso, como ya ocurre en varios estados de la Unión Americana y en Europa. Si vamos a dar un paso en ese sentido, que sea completo.

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