Prospectiva.

Lunes 11 de enero de 2021.

Emilio de Ygartua M.

Hace once días desprendimos la última hoja del calendario del 2020. Como usted, amable lector/lectora, en los primeros 12 segundos del nuevo año, pedí que éste fuera menos malo que el que terminaba. La verdad no se necesita mucho para lograrlo. Como un niño, pensé que, al abrir los ojos a la mañana siguiente, la pesadilla habría terminado; pero no. A casi dos semanas de iniciado este 2021, las noticias alarmantes siguen galopando a toda prisa. Si bien las vacunas ya se aplican en muchas naciones, la velocidad con la que se hace es inversamente proporcional a la urgencia derivada del aumento de contagios presentados, incluso, en países que habían sido exitosos durante la primera ola.

Gran Bretaña, que el primer día de enero concretó su divorcio de la Unión Europea, con la que estuvo unida por más de cuatro décadas, no ha tenido tiempo de festejarlo (ni de darse cuenta de lo que en realidad significa para la Pérfida Albión, y sus ciudadanos, esta ruptura), porque una nueva cepa de la COVID-19 ha acelerado los contagios obligando al primer ministro Boris Johnson a decretar un nuevo confinamiento que se alargará, al menos, hasta el 15 de febrero próximo. El gobierno ha decretado el cierre de escuelas y de negocios lo que derivará, sin duda, en un nuevo golpe a la economía británica que apenas iniciaba su recuperación.

Esta nueva variante –en El Salvador se han descubierto seis-, de acuerdo con los reportes de los investigadores, no aumenta la virulencia de la enfermedad, pero sí potencia el riesgo de su contagio, lo cual ha quedado demostrado con el crecimiento en el número de personas infectadas. Lamentablemente, este aumento se ha traducido en un mayor número de hospitalizaciones, lo que ha provocado la sobresaturación de las Unidades de Cuidados Intensivos (UCI) en varias partes del mundo, incluyendo la Ciudad de México que, nuevamente está en semáforo rojo y en fase de emergencia debido a la reducción de la disponibilidad de camas disponibles con ventiladores. El gobierno federal está tomando medidas para ampliar el número y evitar un colapso.

La doctora Silvia Roldán, secretaría de Salud en Tabasco, comentó a Jesús Sibilla Oropeza, director de “A Fondo” (XEVT 04/01/2021) que una de las causas principales por la cual los pacientes internados pasan a una fase crítica y tienen que ser intubados, incrementando el riesgo de muerte, obedece al exceso de confianza, al descuido. Estas personas, señaló, dejan que la enfermedad avance, se mantienen en sus domicilios, y cuando ya no pueden respirar porque la saturación de oxígeno se ha reducido drásticamente, entonces, hasta entonces, acuden al centro hospitalario. En muchos casos, el desenlace es funesto.

Siguiendo con nuestra entidad, ante el incremento en el número de contagios y, sobre todo, al aumento en el número de hospitalizados, el gobernador Adán Augusto López Hernández, ha dispuesto que las medidas restrictivas tomadas antes de las festividades decembrinas se amplíen hasta el 15 de febrero. Anticipó que, “en caso de llegar al 50% de ocupación hospitalaria”, se tendrá que volver al confinamiento, con lo que ello conlleva para la sociedad y para la economía. El gobierno del estado ha hecho lo necesario para que el binomio salud y economía se mantenga vigente, sin embargo, el comportamiento de muchos habitantes de la entidad que no entienden el riesgo que significa contagiarse es la razón principal de que se hayan elevado los números de infectados. Por ello, hay que tenerlo en cuenta, es muy posible que se tenga que decretar, nuevamente un confinamiento pleno. El jefe del Ejecutivo tabasqueño ha insistido en que la prioridad de su administración será siempre privilegiar la salud por encima de cualquier cosa.

El aumento en el número de hospitalizados ha obligado a revertir las medidas orientadas a la desconversión de hospitales COVID, al tiempo que fortalecer el trabajo articulado que encabeza la Secretaría de Salud con todo el Sector en Tabasco; tarea que ha coordinado la titular de esa dependencia estatal, la doctora Silvia Roldán, cuya vinculación estrecha con las autoridades federales ha sido fundamental para contar con instalaciones, equipamiento, medicamentos y personal calificado para atender esta contingencia sanitaria.

La pandemia se agrava pese a la llegada de las vacunas

Sin duda, las reuniones sociales propias de las festividades de fin de año han sido la causa principal de este aumento en el número de contagios lo mismo en Gran Bretaña que en Alemania, país que el martes de la semana pasada registró uno de sus números más altos de decesos, lo que obligó a la canciller Ángela Merkel, otrora tan felicitada por su buena gestión de la pandemia, a anunciar una extensión del confinamiento. En tanto, en Sudáfrica y Brasil reportan que no tienen espacios para colocar a los muertos. En Tailandia, país que había sido ejemplo en la contención del virus, se padece una imparable ola de infectados. Estados Unidos continúa siendo el epicentro del contagio mundial y del mayor número de fallecidos. Los últimos reportes hablan de colapso del sistema hospitalario en Los Ángeles, California.

Ante este escenario, la Organización Mundial de la Salud (OMS), nuevamente después y no antes, ha señalado que enero será un mes complejo para todo el planeta a causa del incremento de contagios y la mutación del virus que se ha presentado en diferentes partes del orbe. La vocera de ese organismo de la ONU, la doctora Margaret Harris, ha señalado que todo parece indicar que el hartazgo de la población, derivado del largo confinamiento y de las restricciones, ha provocado pensamientos erróneos, “a creer que no me voy a contagiar, que esto a mí no me va a suceder, que la pandemia ya tiene que pasar”. La funcionaria de la OMS considera que esta actitud debe frenarse. “Realmente es un momento en que todos debemos cooperar”.

Desgraciadamente, todo parece indicar que está ganando el individualismo. La visión de que “lo importante soy yo. Que cada uno haga lo que pueda por si mismo”. Esto ocurre, asimismo, en el contexto internacional. El Papa Francisco ha vuelto a levantar la voz condenando lo que califica como “nacionalismo de las vacunas”, caracterizado por un afán inmoral de acaparamiento, incluso de monopolización de las vacunas por aquellas naciones cuya fortaleza económica les permite acceder a la compra de millones de éstas. Visión chata que impide medir el tamaño de una crisis global que afecta a todo el planeta. El número de muertos está a punto de llegar a los dos millones y más de 30 millones de personas se han contagiado. La vacunación debe tener un propósito global.

El Banco Mundial ha previsto un crecimiento del 4% del PIB mundial (México 3.7%), sí, solo sí, la vacunación se acelera y tiene éxito. De lo contrario, esa cifra apenas alcanzará la mitad con la consecuente pérdida de empleos por el cierre de empresas y un nuevo parón de la economía. Lo que es irreversible es el crecimiento de la pobreza a nivel mundial. Como los cangrejos, nuevamente estamos dando pasos hacia atrás.

Duro golpe a la democracia en América

En la última Prospectiva del 2020, anticipamos que Donald Trump no cejaría en su empeño por descarrilar el proceso electoral de noviembre pasado. Con él, la capacidad de asombro siempre en aumento. Ha acudido a todas las estrategias para impedir que el 20 de enero, sí, el miércoles de la próxima semana, Joe Biden y Kamala Harris, juren sus cargos como presidente y vicepresidenta de los Estados Unidos, respectivamente. Incluso, ha sido capaz de promover una especie de autogolpe de Estado que pegó en el corazón del sistema político norteamericano al pretender revertir el resultado electoral.

Su conducta no tiene precedente. Se ha evidenciado no sólo como un mal perdedor, sobre todo, como un peligro para la democracia norteamericana que, lo sabemos, ha sido el estandarte, el paradigma invariable de una nación que adoptó y adaptó las tesis más conspicuas del liberalismo nacido en el siglo XVII en Inglaterra y reformuladas en Francia durante el Siglo de las Luces, dando paso a un protocolo normativo para transitar a una sociedad abierta, libre y democrática, como lo plasmaron los Padres Fundadores en la Constitución de los Estados Unidos de América en 1787.

Lo visto el 6 de enero pasado constituye un nefando precedente ante el cual los norteamericanos no pueden cerrar los ojos. Donald Trump ha rebasado todos los límites. Ha sido el promotor abierto, cínico, de una insurrección de corte fascista que ha lastimado drásticamente la confianza en uno de los principales arquetipos de la cultura norteamericana: su sistema político y su democracia.

Sus arengas, su descarada convocatoria a un grupo de adeptos para que irrumpieran de forma violenta en el Congreso de la Unión a fin de evitar que los senadores y representantes ahí reunidos cumplieran con su obligación de contar los votos emitidos por los colegios electorales e impedir se ratificara, como a final de cuentas ocurrió, la victoria de los demócratas Joe Biden y Kamala Harris.

Ni Mitch McConnell ni Nancy Pelosi, líderes de las mayorías republicana en el Senado y de las mayorías demócratas en la Cámara baja, respectivamente, daban crédito a lo que estaba ocurriendo en la tribuna más alta de esa nación. Un grupo de forajidos, con ropajes inauditos, con la cara pintada, con banderas confederadas entraron al recinto luego de haber escalado el edificio del Capitolio, roto puertas y ventanas, en un evento que dejó cinco personas muertas.

El reloj marcaba las 13 horas del miércoles 6 de enero. El día de la Epifanía, la presentación de los Reyes Magos ante el niño Jesús en Belén, como lo recordó la líder demócrata en la Cámara de Representantes. Nancy Pelosi, antagónica abierta al presidente Donald Trump, hacia referencia a la efemérides sí, pero especialmente al significado histórico, no solo religioso de la fecha. Un día para fortalecer la fe y la esperanza que fue convertido por la turba en una fecha negra para la historia de esa nación.

Al conocer lo acurrido, el presidente electo Joe Biden señaló que la “democracia estaba bajo un asalto sin precedentes”. Es cierto. Recordamos que en el siglo XIX este país atravesó por una etapa de violencia a causa de la Guerra Civil (1861-1867) que escindió a los Estados Unidos en dos bandos. Concluida la guerra, la confrontación no cesó. En 1876, los grupos confederados tomaron el Congreso de la Unión para manifestar su oposición al resultado del proceso electoral determinado por el Colegio Electoral.

Pasada la tormenta, tanto Trump como algunos de los republicanos que lo acompañaron en esta empresa, condenaron lo ocurrido, pero sus huellas son indelebles. Durante semanas estuvieron incitando, mintiendo a sus seguidores, hablando de un fraude pero sin mostrar pruebas contundentes. Presionaron a funcionarios estatales de su mismo partido para que revirtieran los resultados.

Esa mañana, luego de que el mandatario insistiera ante una muchedumbre reunida frente a la Casa Blanca que les habían robado la elección, los conminó a marchar hacia el Capitolio para impedir que los miembros del poder legislativo cumplieran con su obligación y dejó en manos de su vicepresidente, Mike Pence, la tarea de revertir el resultado.

Vale comentar que Pence actuó con gran institucionalidad, aunque en las últimas horas se ha negado a dar el paso que establece la 25ª Enmienda para remover al presidente y asumir el cargo hasta el momento de la transición el 20 de enero próximo. El tiene la mirada puesta en el 2024. Trump, también.

Steven Levistky, politólogo de la Universidad de Harvard, señaló categórico que lo ocurrido: “Fue un intento de golpe de estado incitado por Donald Trump”. Como señaló el republicano y ex presidente George W. Bush, su país se ubicó con ese acto al nivel de lo que los norteamericanos llamaron en los años sesentas del siglo pasado: como una república bananera.

El autor del libro “Cómo mueren las democracias” (2018), ya había aportado en esa obra “señales alarmantes que ponen en riesgo la democracia liberal de los Estados Unidos”. Coincidió con Joe Biden al calificar esta asonada “no como una protesta, sino como una insurrección”. Un evento que nos dejó insólitas escenas de caos y de violencia en el corazón político de ese país. Cinco personas muertas, muchos heridos. Equipos de grabación de medios de comunicación destrozados y la sensación de que la policía no hizo lo necesario para impedir el acceso al inmueble.

Varios medios refieren, sorprendidos, “la facilidad con la que centenares de simpatizantes trumpistas asaltaron el Capitolio” (Antonio Laborde. El País). Este hecho puso en el centro del huracán a las fuerzas policiales de la ciudad de Washington, que justificaron lo ocurrido señalando que “no estaban preparados para contener una turba”, argumento endeble ya que esta manifestación convocada bajo el lema “Salvemos a Estados Unidos”, se anunció desde varias semanas atrás, por lo que era obligado tomar medidas preventivas lo que, es obvio, no ocurrió.

La renuncia del jefe de la policía del Congreso, Steven Sund, que se hará efectiva hasta el próximo 16 de enero (hay que cobrar la quincena), era obligada, pero no es suficiente. A esta dimisión se han sumado, pero por otra razones, varios miembros del equipo del presidente Trump que aducen no estar de acuerdo con lo ocurrido. Un poco tarde para arrepentirse, ya quedaron marcados por la historia, si no por la acción, al menos por la omisión.

Levistsky no se muestra sorprendido por lo ocurrido al responder a las preguntas de la BBC: “He estado esperando aterrorizado este día en la democracia estadounidense por los últimos cuatro años. Cada día durante cuatro años. Nuestra democracia está en crisis severa y esta es la culminación de ello. Pero no es que se sale de la nada, nuestra democracia ha estado entrando en crisis por varios años y creo que seguirá así.” El politólogo norteamericano señala que el objetivo de Trump de mantenerse en el poder mediante un autogolpe de Estado, como ha ocurrido en muchos momentos en latinoamérica, falló porque en ningún momento logró tener el apoyo de los militares.

Sí, ha sido un golpe fallido. La pregunta que flota en este momento en el espeso ambiente norteamericano, es si su modelo de democracia logrará sobrevivir este evento. Es deseable que, como ocurrió en España en los albores del renacimiento de su democracia (1981), derivado del intento de golpe de Estado liderado por el coronel AntonioTejero Molina, surja en los Estados Unidos una especie de “Pacto de la Moncloa” entre demócratas y republicanos que permita una reingeniería del sistema electoral, sí, pero que, sobre todo, contribuya a restañar las heridas, mitigar las amarguras y atemperar las agitadas aguas provocadas por un trumpismo movido por las aspas de un nacionalismo exacerbado, de una xenofobia patética y de un populismo inmoderado.

Esa nación está dividida, fracturada. La pregunta es si los republicanos depondrán las armas, especialmente los hipócritas que hoy se llaman sorprendidos por el escalamiento de la violencia que su líder y ellos cobijaron. ¿Serán los demócratas capaces de atemperar los ánimos antípodas que ya luchan abierta y claramente por el control de su partido?. ¿Podrán los demócratas moderados aceptar las propuestas de las izquierdas y éstas entender que Roma no se construyó en un día, pero si se destruyó en uno sólo?

No se si proceda el enjuiciamiento a Donald Trump que ya ha decidido no asistir a la ceremonia de juramentación. Nadie cree en su buena fe, en su comprimiso de promover una transición armónica; mucho menos Nancy Pelosi quien ha solicitado al jefe del Pentágono cancelar toda posibilidad de que el jefe de la tribu que arremetió contra la democracia en América, en un acto más de locura, pueda apretar el botón atómico. De este tamaño es el miedo en esa nación, y en el mundo entero, luego de lo ocurrido en el día de la Epifanía, que terminó en tragedia. Feliz año nuevo.

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