Emilio de Ygartua M.
Lunes 18 de enero de 2021.
Pasado mañana se realizará el juramento de Joe Biden y de Kamala Harris, como presidente y vicepresidenta de los Estados Unidos de América, respectivamente. Desde las elecciones del pasado 3 de noviembre hasta el día de hoy, han pasado muchas cosas que han merecido no sólo la relatoría en medios de comunicación, impresos y electrónicos, además, el análisis que, sin duda, deberá ser a fondo sobre los efectos, las repercusiones que estos eventos tienen y tendrán en la vida política del vecino del norte.
Negar la convulsión, no aceptar que lo ocurrido ha cimbrado los fundamentos de esa nación sería irresponsable y, sobre todo, significaría perder la oportunidad de impulsar una reingeniería constitucional que parta de la revisión de las tesis originales para determinar su vigencia como soporte de un sistema político que, por más de doscientos años se auto presentó como arquetipo y paradigma para las otras naciones del orbe. ¿Puede seguir en ese nicho? Creo que no.
Lo ocurrido el pasado 6 de enero es un parteaguas en la vida democrática de los Estados Unidos. La violenta invasión de la sede del Poder Legislativo por una turba enardecida que exigía revertir el resultado del proceso electoral ha dejado una huella imposible de borrar en la mente de hombres y mujeres que ha vivido en carne propia escenas que resultaban comunes en naciones cuya debilidad institucional las hacía presa fácil de grupos, de distinto signo, empeñados en modificar el statu quo mediante un golpe de Estado.
George W. Bush, expresidente, miembro del partido en el poder, fue contundente al señalar que las imágenes del caos observadas esa tarde en el Capitolio, ubican a los Estados Unidos al nivel de las llamadas “repúblicas bananeras”; de aquellos países subdesarrollados víctimas permanentes de insurrecciones, unas veces fraguados por militares, otras por civiles apoyados por las fuerzas armadas, con la finalidad de derrumbar al gobierno en turno.
Lo lamentable de este hecho es que, quien alentó la asonada del 6 de enero, quien promovió este golpe de Estado cruento en el que fallecieron cinco personas, fue el mismísimo jefe del Ejecutivo federal. Sí, el hombre que el 20 de enero de 2017 juró defender la Constitución y el Estado de Derecho como presidente de los Estados Unidos. Donald Trump, es innegable, faltó a su juramento. Traicionó a los ciudadanos de esa nación, hayan o no votado por él en noviembre de 2016. Sobre todo, puso en vilo a la democracia en América. Alexis de Tocqueville, tiembla en su tumba.
El miércoles 13 de enero, luego de fracasar en el propósito de convencer al vicepresidente Mike Pence de invocar la 25ª Enmienda de la Carta Magna para remover al presidente de la república de su encargo y asumir él la primera magistratura de la nación, Nancy Pelosi, líder de los demócratas en la Cámara de Representante, puso en marcha el Plan “B”, convocar a los miembros de ese órgano legislativo para que votaran un nuevo enjuiciamiento en contra de Donald Trump. convirtiéndose así en el primer jefe del Ejecutivo juzgado en dos ocasiones durante su mandato, acusando esta vez “de haber incitado a una insurrección”.
Se funda esté proceso de destitución en lo que establece el Artículo II, sección 4 de la Constitución de los EU que señala: “El presidente, vicepresidente y los magistrados civiles de Estados Unidos pueden ser destituidos en caso de ´traición, corrupción y otros crímenes o delitos mayores.” Esta acusación formal se votó y, por mayoría simple, 232 a favor y 197 en contra, fue aprobada. De los 435 integrantes de la Cámara de Representantes votaron 429. Fueron 10 los republicanos que sufragaron.
¿Enjuiciamiento? ¿Para qué?
El resolutivo ha sido comunicado a la Cámara de Senadores la cual deberá celebrar el juicio de destitución. Hay que recordar que para que ello pueda ocurrir, un grupo de miembros de la Cámara de Representantes actuará como fiscales, presentando las pruebas y al Senado le corresponde emitir un veredicto, “inapelable”, que deberá contar con el aval de, al menos, dos terceras partes de los cien integrantes de ese cuerpo legislativo.
Recordemos que actualmente hay 48 senadores demócratas, 2 independientes (que suelen apoyar las propuestas demócratas), y 50 republicanos. Un tácito empate que se rompería con el voto de la nueva vicepresidente de los Estados Unidos, Kamala Harris. Pero la mayoría simple no es suficiente, se requiere, como ya lo apuntamos, una mayoría calificada.
¿Cuándo iniciará el proceso? Todo indica que el enjuiciamiento arrancará al día siguiente de que Donald Trump haya dejado de ser el presidente de los Estados Unidos. ¿Entonces, qué sentido tiene este nuevo impeachment? Nos debe quedar claro que no se puede destituir a quien ya no ostenta un cargo, por lo cual, lo que veremos será un juicio político contra el exmandatario, cuyo cuerpo de abogados tendrán que evitar no la destitución, sino la inhabilitación de su defendido.
Esto es, señoras y señores, lo que está en juego en este nuevo enjuiciamiento es la futura vida política del hombre que no aceptó el resultado de las elecciones, que hizo todo lo posible para evitar su derrota, incluso, promover una insurrección, un golpe de Estado. Pareciera el final de su carrera, pero sabemos que Trump ha demostrado tener más de siete vidas, por ello no se debe descartar que, parafraseando al general Douglas MacArthur, vuelva en el 2024.
¿Le han dado la espalda los republicanos? Todo parece indicar que sí. El voto a favor del impeachment en la Cámara de Representantes emitido por 10 republicanos así lo indica. Pero esta ruptura va más allá. Se debe medir contando las renuncias de sus colaboradores, pero, sobre todo, con el desmarque de muchos correligionarios que han hecho pública su descalificación a lo ocurrido el 6 de enero pasado. Algunos mostrando un evidente cinismo, porque no dijeron nada en el momento en el que tenían que hacerlo.
¿Se ha fortalecido la unidad en el partido republicano con la derrota de Trump? Creo que no; por el contrario, son evidentes las grietas que el trumpismo ha provocado al interior del Old Party. No miente Donald Trump cuando advierte – ¿amenaza? – que este nuevo enjuiciamiento puede provocar una reacción violenta en algunos de sus adeptos, que nos son pocos, y los republicanos lo saben. Muchos de los que votaron por él piensan que las elecciones no fueron lo claras que se dice. Tan se ha sembrado una “duda razonable”, que, hasta algunos demócratas, pocos, sí, pero también hablan de falta de transparencia en los comicios de noviembre pasado. Lo evidente es que algunos republicanos, incluso más que los demócratas, están empeñados en poner fin a la carrera política de Donald Trump, lo cual no será una tarea fácil y, al final del día, puede provocar una fractura más honda en ese partido político.
Hay dos posibles escenarios derivados de este nuevo enjuiciamiento: el primero, que se inhabilite al expresidente buscando cerrarle el camino para competir en el 2024, lo cual conllevaría un largo proceso judicial ya que sus abogados intentarán por todos los medios revocar esa decisión que es inapelable, pero no pararan hasta llegar a la Suprema Corte de la Nación. Vale recordar que seis de los nueve jueces que la integran le deben algunos favores a Trump.
El segundo escenario es que Trump transite nuevamente con éxito la aduana del enjuiciamiento, que no se le inhabilite, pero que su estancia en el partido republicano sea insostenible. Si ello sucede, veo “nacer” a un aguerrido candidato independiente para los comicios del 2024, como lo fue Ross Perot en 1992. Recordemos que en aquellas elecciones el presidente republicano George H. W. Bush no pudo reelegirse. Fue derrotado por el candidato demócrata William Jefferson Clinton, quien obtuvo casi 45 millones de votos ciudadanos, en tanto que el candidato republicano alcanzó un poco más de 39 millones de sufragios. Seis millones menos que su principal oponente.
Para algunos analistas de la época, la derrota de George Bush padre, que impidió su reelección, se fundamentó en los casi 20 millones de votos logrados por el candidato independiente. Perot, candidato de derecha extrema, no ganó ningún voto electoral, sin embargo, le restó sufragios a Bush en estados clave. La amplia victoria del exgobernador de Arkansas (370 contra 168), se explica por el voto dividido de los electores de signo conservador. Esta historia se podría repetir en el 2024 si en las boletas aparecen los nombres de Mike Pence y de Donald Trump, el primero candidato republicano, el segundo, por un partido independiente.
La postura de las fuerzas armadas frente al golpe de Estado
La semana pasada apuntamos en este mismo espacio que el fracaso de la asonada impulsada por el todavía presidente no tuvo el resultado que esperaba, uno, porque Mike Pence actuó de manera institucional resistiendo a las presiones de su jefe que le había pedido hacer lo necesario para revertir el resultado. El republicano fue un fiel defensor de la Constitución. Logro preservar, abollados sí, los principios básicos de la democracia norteamericana. Dos, porque las fuerzas armadas se mantuvieron neutrales y en todo momento se negaron a aceptar las presiones presidenciales para acompañarlo en su loca aventura.
Esta postura quedó claramente manifiesta en los que algunos han calificado de “insólita carta” del alto mando militar de EU. Sin duda, derivado de la tensión política provocada por la invasión del Capitolio por seguidores de Donald Trump, los líderes militares de esa nación consideraron necesario recordar a los miembros de las fuerzas armadas cuál es su papel y, sobre todo, que no están sujetas al mandato de un hombre, sino a la constitución. Este mensaje también fue para la ciudadanía en general.
“La violenta protesta en Washington D.C. el 6 de enero, fue un asalto directo al Congreso, al edificio del Capitolio y a nuestro proceso constitucional”, establece la circular dirigida a los miembros del Ejército y firmada por los siete generales y el almirante que conforman el Estado Mayor Conjunto. “Cualquier acto contra el proceso constitucional no sólo atenta contra nuestras tradiciones, valores y juramento; también va contra la ley.”
Así las cosas, Donald Trump concluye su mandato de la peor manera posible. Demasiado tarde ha condenado la violencia que él mismo provocó. Los logros alcanzados en sus cuatro años de gestión han quedado sepultados bajo la lava de un volcán que entró en erupción no sólo por las arengas que él hizo de manera abierta la mañana del 6 enero, sobre todo, por los movimientos telúricos que su ejercicio gubernamental generó a lo largo de esos años.
Algunos columnistas y analistas señalan que se va sólo y silenciado. En lo que a las redes sociales se refiere, es cierto que lo acallaron, para muchos, violentando sus derechos fundamentales, poniendo sobre la mesa la urgencia de un debate producto de la postura de las empresas gestoras de esas redes que se han auto asignado el papel de inquisidores.
Ángela Merkel ha manifestado su oposición a dicha “facultad”. Andrés Manuel López Obrador, ha anticipado que llevará el tema a la próxima reunión del grupo de los 20. “Hay desacuerdo mundial sobre la censura en redes sociales”, expresó el canciller Marcelo Ebrard en una reciente Mañanera. ¿Gutenberg convertido en censor de los libros que se publican en las imprentas por él inventadas? Vaya paradoja.
Las redes sociales y el Poder
Las redes, las famosas redes sociales. Ignacio Ramonet, reconocido semiólogo y periodista español, referente de la izquierda, señaló a Mauricio Vicent (El País 11 enero 2021), en entrevista realizada en La Habana, Cuba, que “el Poder que no sepa adaptarse a las redes sociales será el gran perdedor.”
Pocas horas después de que la capital de la isla fuera escenario de una inédita protesta organizada por un grupo de jóvenes artistas cubanos, convocada mediante las redes sociales, en la que demandaron “mayor libertad de expresión”, el que fuera director de Le Monde Diplomatique y autor del libro “Cien horas con Fidel”, opinó que las redes sociales son la expresión de una “auténtica democratización” de la comunicación y del equilibrio de poderes.”
Pero advirtió que éstas “han multiplicado hasta el infinito las capacidades de manipulación de las mentes”, lo que, dice, “ha generado una especie de darwinismo mediático”, por lo que, anticipa que “el poder que no sea capaz de adaptarse a la nueva realidad perderá, pues hoy las redes sociales son el principal espacio de enfrentamiento dialéctico; son el Ágora actual”.
¿Son las redes sociales un espacio real de libertad que sirve para democratizar a la sociedad, o son un espejismo que favorece la manipulación? Enfático expresó: “Son ambas cosas. Las redes son hoy el medio dominante, como lo fueron en otras épocas la televisión, la radio o la prensa. Las redes son la expresión de una auténtica democratización que la revolución internet ha permitido.”
Se refirió a la censura y el Poder. “El que tiene el Poder puede sentirse afectado por las redes, pero debe aceptar que éstas no van a desaparecer; las redes ya están aquí para siempre”. Quien ejerce el Poder, explica, debe adaptarse a esta nueva normalidad comunicacional. “La censura o la negación no sirven de nada. Sólo agravarán el problema. Lo rígido rompe, mientras lo flexible resiste. Por lo tanto, el Poder debe entender que las redes sociales son un nuevo espacio de debate y de confrontación. Constituyen, en el campo político, el principal espacio contemporáneo de enfrentamiento dialéctico, el terreno donde deben dirimirse los grandes diferendos y las principales polémicas. Nuestra Ágora contemporánea.”
El futuro de los Estados Unidos
El miércoles próximo asume la jefatura del Estado y del gobierno el 46º presidente de los Estados Unidos. Lo hace en contexto catastrófico. Ya lo era por la mala gestión de la pandemia, por la grave crisis económica que de ella ha derivado, un reto de enormes dimensiones. Joe Biden inicia ofreciendo un apoyo de 1.9 billones de dólares orientados a contener la crisis pero que, sin duda, le entregará en el futuro cercano facturas difíciles de cumplir.
Recibe a un país dividido, polarizado, fracturado, en el que el racismo y la xenofobia recuperaron, bajo el amparo de un gobierno complaciente, sus expresiones más violentas, mas irracionales. Si todo lo anterior no fuera suficiente, lo ocurrido el 6 de enero, socava los cimientos de la democracia sobre los que se construyó el prestigio, el liderazgo y la dominancia internacional, vulnerada hoy, también, por una diplomacia de horca y cuchillo, gélida e irrespetuosa, auspiciada por quien, al priorizar al “America first”, desarticuló las viejas pero importantes alianzas de los Estados Unidos con el mundo.
¿Por dónde iniciar? Serán tiempos complejos los que habrá de enfrentar Joe Biden, del que muchos dudan cuente con las competencias suficientes para gobernar a esta nación, sobre todo, en estos tiempos difíciles. El también demócrata Franklin D. Roosevelt, al asumir, en 1934, la primera magistratura de la nación, en medio de la Gran Depresión, señaló: “Llego a gobernar a esta gran nación con el apoyo de sus ciudadanos. Tengo claro el enorme reto que ello significa en estas horas en las que millones de compatriotas se han quedado sin empleo y sin esperanza. Es esta una Gran Nación. Pondré mi empeño, y mi enorme fe en Dios, para sacar adelante a nuestro país. Dios bendiga a América.”