Emilio de Ygartua M.
Lunes 15 de febrero 2021.
La República Socialista de Cuba ha tenido un complicado trasiego desde el triunfo de su revolución armada, iniciada en 1953, concluida el primer día de enero de 1959 con la entrada de su líder, el comandante Fidel Castro Ruz, a la ciudad capital, La Habana, que ese mismo día fue abandonada por el general Fulgencio Batista quien salió huyendo en un avión con destino a República Dominicana, con todo el dinero que había amasado, donde recibió asilo de su aliado Rafael Trujillo.
En la génesis del movimiento (asalto al Cuartel Moncada, 26 de julio de 1953), Fidel Castro abrazaba el ideario “martiano”, fundado en las tesis ideológicas antimperialistas del ilustre cubano José Martí, brillante y prolífico escritor cuya fama trascendió las fronteras de la Isla. Su llamado a cuidarse de los propósitos imperiales de Estados Unidos permeó en muchas naciones latinoamericanas.
Su vasto epistolario tuvo como destinatarios a importantes jefes de Estado, como Benito Juárez García y Abraham Lincoln, así como a destacados políticos y pensadores que comulgaban con el ideario bolivariano de la integración americana, de una América Unida, contraria a la propuesta norteamericana de una “América para los americanos”, frase que definió en los siglos XIX y XX la política exterior norteamericana en nuestro hemisferio, originalmente expresada por el presidente James Monroe (1817-1825), ante su Congreso el 2 de diciembre de 1823.
Martí, errante permanente por sus posturas políticas, con profunda fe democrática, organizó e impulsó, desde Nueva York, una guerra de independencia de España (24 de febrero de 1895-12 de agosto de 1898) que había conservado para sí lo que, en tiempos de la conquista y colonización de nuestras tierras americanas, fue el centro neurálgico de las múltiples expediciones que permitieron al imperio ibérico el control de la mayor parte del territorio de este nuevo continente.
Hay que recordar que Cuba no atendió el llamado a la insurrección que en tierras americanas hicieron, desde 1808, ilustres insurgentes como Hidalgo, Bolívar, Sucre, San Martín, Santander y O´Higgins, derivado de la invasión napoleónica a la madre Patria (1804-1814), y por la influencia de las ideas revolucionarias que dieron sustento a la Revolución Francesa (1789), y antes, a la guerra de independencia de las Trece Colonias (1776), que rompió las cadenas que las ligaban al poderoso imperio británico, convirtiendo a la nueva nación en el paradigma de la democracia (el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo), adoptando y adaptando un régimen presidencial y la división de poderes inspirados en las tesis de Charles Luis de Secondat, señor de la Brède y barón de Montesquieu (“El Espíritu de las leyes”), modelo constitucional y de gobierno copiado en muchos de los nuevos países nacidos al concluir la presencia española en la región.
Intentos de independencia
No así en Cuba, que permaneció fiel a la corona española durante todo el siglo XIX, a pesar de los intentos de Carlos Manuel Céspedes y López del Castillo, líder independentista que inicio la llamada Guerra de los Diez Años (10 de octubre de 1868), levantándose en armas contra el gobierno español mediante la promulgación del Manifiesto de la Junta Revolucionaria de la Isla de Cuba. Este movimiento tenía como objetivo central lograr la libertad de los esclavos negros convocándolos a unirse a la lucha anticolonialista.
Céspedes, quien utilizó como estandarte de su movimiento la que hoy es la bandera cubana, se autoproclamó presidente sin lograr romper las cadenas coloniales. En 1873 fue derrotado y muerto, poniendo fin a su aventura independentista, que fue retomada en 1879 por el general Calixto García. La llamada “Guerra Chiquita” (1879-1880) derivó del fracaso de la Guerra Grande o de los Diez Años. El Pacto de Zanjón frustró casi cualquier idea independentista, pero acrecentó el descontento e insatisfacción por el incumplimiento de las promesas hechas por el gobierno colonial que se negaba a perder a uno de sus últimos bastiones en nuestro continente.
Este segundo intento independentista fue rápidamente ahogado, sin embargo, dejó encendida la mecha que fue avivada por José Martí quien, en 1895, encabezó la llamada Guerra Necesaria, que prácticamente terminó con su muerte en el campo de batalla el 19 de mayo de ese mismo año, si bien el movimiento continuó vivo gracias a la audacia y valor del general de origen dominicano Máximo Gómez Báez, sobreviviente de las dos guerras anteriores.
Lo paradójico de este momento de la vida cubana, es que, mientras un puñado de patriotas buscaban poner fin a la etapa colonial, España enfrentaba una guerra contra el nuevo imperio, los Estados Unidos. Alfonso XIII, el monarca español, había ordenado detener, a cualquier precio, los propósitos insurgentes.
La violencia utilizada sirvió de excusa para que los norteamericanos se sumaran a la causa de los insurrectos. Desde luego que ese apoyo tenía un objetivo concreto: hacerse de Cuba y de Puerto Rico, dos islas puestas en el radar del expansionismo yanqui y que España se había negado a vender.
El gobierno estadounidense había alentado la revuelta de Céspedes que defendía la liberación de los esclavos para dar movilidad a una fuerza de trabajo necesaria para impulsar a la industria del azúcar en la que ya había capital norteamericano desde mediados del siglo XIX. Los tratados de Paris (1898), condenaron la violencia extrema utilizada por la corona española, alentando a los Estados Unidos a intervenir de manera más abierta con discurso de apoyo a los sublevados pero que en realidad procuraba hacer realidad los objetivos geopolíticos de esa nación en plena expansión.
El 15 de febrero de 1898, arribó a La Habana “El Maine”. Lo hizo con el doble propósito de proteger los intereses norteamericanos y mostrar a los españoles su poderío militar. A las 21:40 horas de ese mismo”, el barco de guerra estadounidense día fue víctima de una fuerte explosión que arrancó su casco, provocando su hundimiento y la muerte de 266 de los 345 miembros de la tripulación. Se salvaron 79 marines que en ese momento estaban disfrutando de una fiesta organizada en su honor por las autoridades españolas.
Las investigaciones nunca pudieron arrojar una respuesta contundente sobre este incidente. Los españoles negaron la autoría. No pocos señalaron que habían sido los propios norteamericanos los causantes. Este evento llevó al presidente William McKinley a solicitar al Congreso la declaración de la guerra contra España, la cual inició el 25 de abril concluyendo tres meses después con un saldo desfavorable para los ibéricos que, de un solo golpe, además de Cuba perdieron Puerto Rico, Filipinas y Guam. Aparentemente, Cuba obtenía su tan anhelada independencia, en realidad, fue el tránsito a una nueva dependencia.
Un actor importante en este conflicto bélico, breve pero intenso, fue Theodore Roosevelt (1901-1909), electo presidente de los Estados Unidos el mismo año que el Congreso de los Estados Unidos delineó su relación con Cuba. El 25 de febrero, el senador Orville H. Platt, propuso enmendar la Ley de Gastos del Ejército, incluyendo una cláusula que regularía las relaciones con el “nuevo estado independiente”, pasando por encima de las aspiraciones de los hombres y mujeres que a lo largo de tres décadas habían luchado por romper las cadenas que los unía al ya decadente imperio español. El floreciente nuevo imperio se auto asignó el papel de vigilante cotidiano del quehacer de los cubanos.
Libres pero esclavos
Entre 1901 y 1959, uno tras otro, los gobernantes en turno se plegaron a los designios de Washington que cuidaba mucho a su perla caribeña convertida en un importante y muy redituable centro de negocios, especialmente para las mafias que habían cobrado tanta fuerza durante la llamada “Ley seca” (1920 a 1933). Estos grupos encontraron en la isla una gran ventana de oportunidades para desarrollar “nuevos negocios”: casinos, hoteles y otros “servicios” nada legítimos con el contubernio o la omisión de las autoridades locales.
En 1940, siendo presidente de la República, Fulgencio Batista promovió la redacción de una nueva constitución, por cierto, con algunos elementos democráticos muy esperanzadores para los habitantes de la Isla, que, lamentablemente, quedaron en eso. Entre ellos la autorización de nuevos partidos políticos. En 1952, ante su inminente derrota como candidato presidencial Batista promovió su segundo golpe de Estado con el apoyo del ejercito; el primero había sido contra Gerardo Machado.
Las medidas dictatoriales, la violación de los derechos humanos y la cancelación de la vía democrática para remover al dictador, apoyado en un principio por Washington, fue la razón del surgimiento del movimiento revolucionario encabezado por Fidel y Raúl Castró, que luego del fracaso del asalto al Cuartel Moncada (26 de julio de 1953), presos y liberados, viajaron a México en donde se les unió Ernesto “El Che” Guevara, argentino que había huido de Guatemala luego de la muerte del presidente Jacobo Árbenz, cuyo nacionalismo fue abiertamente criticado por el gobierno norteamericano.
Es “El Che” quien aporta las nuevas bases ideológicas del movimiento revolucionario, que adopta y adapta el pensamiento marxista y hace suyas la estrategia militar denominada “foquismo revolucionario”, teoría inspirada por él y desarrollada por Regis Drebay, que parte de la premisa de que esta estrategia guerrillera es válida para los países con menos desarrollo industrial. Sostenía que los “focos” debían tomar como base social al campesinado.
La revolución cubana fincó su éxito en este modelo militar, pero también hay que reconocer que mucho contribuyó que en julio de 1958 varios países de la región, conminados por los Estados Unidos, se reunieron en la capital de Venezuela para firmar el “Pacto de Caracas” que dio lugar a una coalición anti-Batista que aceleró la caída del dictador que ya desde el mes de abril de ese mismo año había dejado de recibir apoyo militar y económico de Washington. “Los barbudos”, como los llamaban los gringos, no fueron mal vistos en un inicio ya que significaban la oportunidad de quitarse una enorme piedra en el zapato. El problema vino después cuando al triunfo de la revolución, el proyecto castrista afectó los intereses norteamericanos en la Isla.
Desde el triunfo de la revolución hasta nuestros días, Cuba ha vivido un proceso complejo. Su ruptura con el gobierno de Dwight D. Eisenhower fue la excusa para que Fidel construyera una alianza con la URSS, en el momento más álgido de la Guerra Fría. La nueva relación con el oso ruso trajo enormes ventajas militares, económicas y en los campos de la educación y la salud. La creciente presencia de los soviéticos, y la instalación de armas estratégicas en la Isla, dio lugar a un conflicto que estuvo a punto de ocasionar el inicio de la tercera Guerra Mundial. La crisis de los misiles (octubre de 1962) fue un parteaguas en la relación entre los dos imperios que resolvieron a su modo, pero dejando a una tercera perjudicada: Cuba.
Antes de este affaire, la Isla había recibido un claro mensaje de hostilidad tanto de los miles de cubanos que la abandonaron a partir de febrero de 1959, como del nuevo gobierno encabezado por John F. Kennedy (1961-1963), quien autorizó la invasión a Playa Girón (Bahía de Cochinos) en abril de 1961, cuyo objetivo era crear una cabeza de plaza para que las tropas, integradas por exiliados cubanos, conformaran un gobierno provisional. La invasión fue un fracaso total. En menos de tres días las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba vencieron a las milicias. En esa refriega perdieron la vida más de un centenar de soldados invasores y fueron capturados 1,200 junto con un importante arsenal bélico.
La crisis de los misiles trajo para Cuba una etapa compleja que ha marcado su devenir desde 1963 hasta la fecha. El bloqueo dispuesto por los Estados Unidos se convirtió en un muro infranqueable que impidió, como era su propósito, el desarrollo económico y social de la Isla, si bien durante el período soviético se dieron condiciones para lograr avances económicos importantes. El bloqueo se fue acrecentando y los argumentos fortaleciéndose en la medida que crecía la presencia cubana en el mundo (Operación Carlota en Angola) y el apoyo a los movimientos guerrilleros en América Central y la vinculación con los gobiernos de Venezuela y Bolivia a la llegada de mandatarios afines al movimiento socialista latinoamericano.
Tiempos de cambio
A lo largo de seis décadas se han generado mecanismos legales para sancionar a países y personas que negocien con la isla, medidas acrecentadas durante las administraciones republicanas de los Bush y en la reciente de Donald Trump, que borró de un plumazo todos los acuerdos alcanzados durante el gobierno de Barack Obama, primer mandatario norteamericano en viajar a la Isla en un franco propósito de construir una nueva relación con el gobierno socialista, todavía en vida de Fidel Castro.
Joe Biden ha planteado revertir las medidas tomadas contra el gobierno de La Habana por su antecesor y reconstruir la autopista que habían pavimentado tanto él, como vicepresidente, como Obama. No obvio mencionar que la situación económica en Cuba se ha deteriorado de manera drástica, primero, por el empecinamiento de Donald Trump de cerrar todos los espacios al flujo de divisas y al tránsito de norteamericanos a la Isla. Segundo, porque el modelo socialista cubano ya no da para más, aunque sus dirigentes se empeñen en defender su viabilidad.
Es urgente una reconversión. Al interior del gobierno, y del propio Partido Comunista Cubano, se escuchan voces de las nuevas generaciones que aconsejan adoptar, por ejemplo, el modelo chino; pero también hay otros que plantean una apertura gradual hacia una economía de mercado. Si bien Raúl Castro ha dejado el gobierno formal, su influencia en la administración del presidente Miguel Díaz-Canel, es total, de tal manera que los cambios que se requieren tienen que pasar por esa puerta todavía cerrada a reconocer que el modelo socialista cubano, más allá del bloqueo, excusa utilizada durante seis décadas, está viviendo horas extras, aunque nos duela a los admiradores de este movimiento revolucionario cuya influencia en América Latina está ampliamente documentada.
Un artículo publicado por BBC Mundo (Guillermo Olmo. 12/02/21), señala que el gobierno cubano quiere “cambiar radicalmente la economía de la Isla y ha emprendido reformas sin precedentes”. Se recuerda que este año comenzó la implementación de la “unificación monetaria”, que significó la desaparición del CUC, una de las monedas de curso legal que establecía una paridad ficticia con el dólar. Esta medida ha provocado una espiral inflacionaria que ha acrecentado la inconformidad social. No podemos dejar de mencionar la reciente protesta de hombres y mujeres del área de la cultura que es tan solo la punta del iceberg que confirma que ha llegado la hora de cambios a fondo y de fondo.
Se ha iniciado con un decreto que amplía las actividades en las que se permite el trabajo por cuenta propia que pasa de 127 a más de 2000, “lo que aumentaría significativamente el papel del sector privado en la economía”. A esto el gobierno cubano lo ha llamado una “Tarea de Ordenamiento”, orientado a hacer más productiva y eficiente la economía local. El economista cubano Juan Triana Cordoví, si bien califica estas reformas como “ambiciosas”, señala contundente que “deberían haberse aprobado hace tiempo”.
¿Es esta la señal esperada para un cambio en la Isla? Esperemos que sí, antes de que los logros evidentes de la revolución queden bajo los escombros de un nuevo sismo social. Cuba tiene mucho que aportar al mundo. Lo evidencia que acaba de anunciar la producción de 100 millones de vacunas contra el coronavirus, y el desarrollo de otras cuatro más. Educación y salud son pilares de esta nación. Entenderá el gobierno de los Estados Unidos, Obama lo hizo en su momento, que el bloqueo no alcanzó el objetivo, pero si ayudó a condenar al pueblo cubano al ostracismo y la pobreza, y a defender, cueste lo que cueste su dignidad, su independencia y su soberanía. Son tiempos de cambio, pero para todos.