Emilio de Ygartua M.
Lunes 19 de abril 2021.
*Los costos del Brexit
*Nuevamente arde Irlanda del Norte
*¿Contienda o conflicto electoral?
*Nuevos libros de textos gratuitos
Cuando se estaban dando los últimos toques al documento que daría curso legal a la salida del Reino Unido de la Unión Europea (UE), en diciembre del año pasado, el punto de inflexión fue -ya se anticipaba desde el inicio de las negociaciones con la entonces primera ministra inglesa Teresa May-, el tema de la frontera de Irlanda del Norte con Irlanda. En dos ocasiones, sus propios correligionarios, los conservadores, especialmente la franja dura, la que quería la salida de la UE a toda costa, votó en contra de las propuestas de su líder y jefa del gobierno británico, advirtiéndole que, de ninguna manera, aceptarían una frontera dura entre ambas zonas.
Esos descalabros, como se recuerda, fueron la causa principal de la dimisión de la señora May, y de la obligada convocatoria a nuevas elecciones en las que resultó nuevamente vencedor su partido, con Boris Johnson a la cabeza. Un “tory” que había jugado un papel estelar en el impulso del Brexit que, otro correligionario suyo, David Cameron, entonces primer ministro, consideró, mayo de 2016, que esta propuesta sería derrotada en las urnas. Craso error que le costó perder el cargo.
El pasado 26 de diciembre se extinguió el matrimonio, muy mal avenido, por cierto, entre el Reino Unido e Irlanda del Norte y la Unión Europea. No hubo remedio, Irlanda del Norte tendría una frontera dura. Lo que ya se calificaba meses atrás como el punto más espinoso para lograr el acuerdo de salida: la frontera entre Irlanda e Irlanda del Norte. El temor de muchos parlamentarios pro-Brexit, de que el Reino Unido quedara atado de manos a las normas de la UE por tiempo indefinido, se hizo realidad.
¿Qué tiene que ver este hecho con la violencia que ha reaparecido en Irlanda del Norte? La respuesta está vinculada al Acuerdo de paz de Viernes Santo firmado en Belfast en 1998, que puso fin a treinta años de sangrientos conflictos en esa región. Este acuerdo contemplaba la ausencia de barreras físicas en la isla que comparten la República de Irlanda e Irlanda del Norte, territorio que pertenece al Reino Unido y que, con base a ese tratado, sólo se podrá independizar si las partes están de acuerdo, estos es, unionistas y republicanos, algo prácticamente imposible de ocurrir.
La frontera dura que resultó de los acuerdos de salida de la UE echó por tierra los puntos de acuerdo alcanzados hace 23 años que establecían entre otras cosas, que los ciudadanos de uno y otro lado podrán cruzar la frontera sin pasar por ningún control. Además, que la venta de bienes y servicios se realizará con restricciones mínimas, dado que ambas zonas permanecen en el marcado común europeo y en la unión aduanera. Todo ello quedó borrado de un plumazo con el acuerdo de salida.
Los costos del Brexit
En este espacio comentamos, días después de la firma del Brexit, que la segunda ola de la pandemia había evitado que el gobierno de Johnson, contagiado de coronavirus, celebrara su “independencia” de la UE. Desde antes de que este divorcio ocurriera, señalamos, también, que, a la larga, los promotores de la salida deberán de aceptar, tarde o temprano, que esa decisión traería graves consecuencias; sobre todo, aceptar que el anunciado despegue económico que se ofrecía con el Brexit, tardaría en llegar y que antes, habría que derramar mucha sangre, sudor y lágrimas, parafraseando a Sir Winston Churchill.
El gobierno conservador ha tenido que enfrentar la crisis provocada por el confinamiento, con sus propios recursos porque ya no puede pedir apoyo a sus antiguos socios europeos que durante buen tiempo entregaron a “la pérfida Albión” apoyos económicos por compensaciones u otras razones. Ser socio de la mancomunidad europea, aunque los británicos no lo acepten, fue un buen negocio.
A los efectos de las crisis sanitaria y económica, se le suma ahora al gobierno de Boris Johnson un nuevo problema, un gran problema: Irlanda del Norte, que está nuevamente en llamas. Los horrores de un largo conflicto entre protestantes y católicos, que costó muchas vidas y generó enormes daños económicos y sociales, están reapareciendo; también las pesadillas de las que no pueden librarse los testigos de aquellos terribles eventos, víctimas de los excesos de ambas partes. Tres décadas que pusieron a Irlanda del Norte en el escenario mundial por la estridencia de su conflicto.
Pese al acuerdo de 1998, en Irlanda del Norte pervive una clara división entre dos grupos antagónicos e irreconciliables, de un lado, los unionistas (protestantes), que defienden su vinculación al Reino Unido, del otro, los republicanos (católicos), que mantiene viva su lucha y la esperanza de que la República de Irlanda sea una, con Irlanda del Norte sumada.
¿Por qué Irlanda del Norte arde de nuevo? Porque la comunidad unionista se siente traicionada por el gobierno de Boris Johnson. ¿Por qué este sentimiento? Porque nuevamente en Belfast, y en algunas de las zonas que durante años fueron escenarios de violentos enfrentamientos entre protestantes y católicos, han reaparecido los motines, las quemas de camiones y vehículos, de casas, sin que las autoridades británicas, es la percepción de los unionistas: “hagan nada para evitarlo.”
El asunto no es menor. Este nuevo enfrentamiento, entre unionistas y republicanos, llega acompañado de la reaparición de las facciones paramilitares unionistas, que siguen vivas, agrupadas bajo el paraguas del Consejo de Comunidades Unionistas (LCC, por sus siglas en inglés), que la semana antepasada instó a las autoridades británicas a que pongan orden en las calles.
Arde Irlanda del Norte
Abierto opositor al Brexit, este Consejo ha crecido en tamaño e influencia, se ha convertido, al mismo tiempo, en vocero y en catalizador del enojo de los grupos protestantes que se sienten traicionados: “Constantemente hemos urgido al Ejecutivo británico, a los líderes políticos y a las instituciones a que se tomen en serio nuestras advertencias, de las peligrosas consecuencias que tendría la imposición [por la salida de la UE], de esta frontera dura [en el Mar de Irlanda], y la urgencia de establecer un diálogo sincero para resolver el problema”.
El encono entre los unionistas y los republicanos se ve nuevamente reflejado en los muros de los edificios de la ciudad, Belfast, que, luego de 23 años de relativa paz, mira, con justificado temor e incertidumbre, los riesgos de que esta violencia que, se está incubando, transite hacia un escenario de violencia extrema, de terrorismo exacerbado, como el que durante tres décadas sufrieron en esa región.
La molestia de los unionistas, vale insistir, deriva de lo que ellos llaman “la parsimonia y tolerancia” del Servicio de Policía de Irlanda del Norte (PSNI), la cual sustituyó a la estigmatizada Gendarmería Real del Ulster, cuando el referido acuerdo de paz buscó cerrar las heridas provocadas por ese largo y sangriento conflicto que el mundo conocía como “The Troubles”, los problemas o los disturbios.
Del otro lado, el de los republicanos, también “se cuecen habas”. Han aparecido súbitamente en las calles jóvenes, aparente sin justificación alguna, que están realizando actos vandálicos, quemando botes de basura, camiones, lanzando bombas molotov contra edificios públicos y contra las casas de algunos de los más significados líderes del grupo unionistas.
Los analistas consideran difícil el resurgimiento del temible Ejército Republicano Irlandés (ERI, por si siglas en inglés); sin embargo, les preocupa que ya se han dado enfrentamientos muy violentos en Derry, Carrickfergus, Newtonabbey y, especialmente, al oeste de Belfast. También se reporta que 80 agentes de la policía han sufrido heridas de consideración. Dublín, Londres, y el Gobierno autónomo de Belfast (en el que comparten poder partidos unionistas y republicanos), temen que esta violencia, no vista en años, cobre pronto la vida de alguien y que ello se convierta en la chispa que incendie una pradera demasiado seca. ¿Estará midiendo el gobierno conservador, abrumado por los efectos de las crisis sanitaria y económica, ocupado en la gestión de las vacunas, los riesgos de que esta crisis escale?
¿Contienda o conflicto electoral?
Estamos en la ruta de lo que algunos han llamado “la madre de todos los procesos electorales”. El próximo 6 de junio no sólo se renovará la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión, integrada por 500 diputados, 300 electos por el principio de mayoría relativa y 200 por el principio de representación proporcional. Al tiempo, habrá elecciones en 15 entidades federativas en las que se renovará el poder ejecutivo; también varios congresos locales y autoridades municipales en muchos estados de la república.
Será un proceso electoral que conllevará un gran esfuerzo de organización, sí, pero mucho más complicado que en otras ocasiones porque al número tan elevado de puestos de elección a renovar se suma un escenario particularmente complejo a causa de la pandemia que ha obligado a las autoridades electorales (INE y órganos electorales estatales), a tomar medidas sanitarias que, al tiempo que conllevan un enorme gasto adicional, complican la logística y configuran un marco de incertidumbre sobre la concurrencia de los actores principales a las urnas: los votantes.
Lo que me preocupa, creo nos debe preocupar a todos, es el clima de confrontación que se ha generado en las últimas semanas producto de determinaciones del órgano rector del proceso electoral, el INE, que ha tomado decisiones que han generado reacciones tanto de la autoridad presidencial, como de la dirigencia del partido en el ejercicio del poder. Estas tensiones han escalado de tal manera que resulta necesario pedir a las partes mesura para evitar que un bien común, la democracia, sea lastimado, y que, lo que se ha venido construyendo a lo largo de los años, corra el riesgo de fracturarse y seamos víctimas de una involución que a nadie beneficia.
Sin duda, todavía queda mucho por hacer en materia de democracia en México. La propuesta presidencial orientada a fortalecer a este órgano autónomo debe estar centrada, precisamente, en garantizar su independencia y en la pervivencia de la incertidumbre electoral que es uno de los elementos primordiales a la hora de calificar los avances de un modelo democrático que es perfectible, sí, pero que no puede transitar por la vereda de la destrucción de lo logrado para edificar algo nuevo que satisfaga a quien en su momento ejerce el poder por voluntad expresa de la mayoría.
El llamado es atemperar los ánimos y a respetar las decisiones del órgano electoral, claros de que hay una instancia facultada, por la Constitución y por las leyes electorales, para dirimir las controversias, aún con el riesgo de judicializar los procesos comiciales. Recordando las palabras de Don Jesús Reyes Heroles pronunciadas en Chilpancingo, Guerrero, 1977, al describir con particular inteligencia los propósitos de la Reforma Electoral que se gestaba: “No despertemos al México bronco”. Caminemos por la ruta de las instituciones y el respeto irrestricto de la ley. Nada más, pero nada menos.
Nuevos libros de Texto Gratuitos
Hace unos cuantos días, el presidente Andrés Manuel López Obrador, informó que se está realizando una actualización de varios de los libros de texto que de forma gratuita entrega el gobierno federal a los educandos de Educación Básica desde 1959, año en el que fue creada, durante el gobierno de Adolfo López Mateos (1958-1964), la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos (CONALITEG). Sobra señalar la importancia de esta política pública cuyo efecto en el avance e inclusión educativa no se puede poner en tela de duda. Sus contenidos han estado a cargo de especialistas en las diversas áreas del conocimiento y de expertos en pedagogía y didáctica.
El presidente López Obrador señaló que, además de actualizarlos y fortalecer sus contenidos, el objetivo es eliminar componentes insertos a lo largo de lo que él ha llamado “el período neoliberal”. La verdad es que los libros de texto son la sumatoria de muchos estilos pedagógicos característicos de diferentes momentos, y sus adecuaciones, especialmente las orientadas a aspectos históricos o sociales, no han escapado a los matices y componentes ideológicos de los gobiernos en turno.
Desde 1960 hasta 1999, administraciones priistas, conceptos como revolución mexicana, pueblo, patria, justicia social, independencia y soberanía nacional eran parte del léxico que se fue modificado de manera importante durante los dos sexenios panistas en los que, incluso, hubo cambios significativos en temas que para la derecha eran tabúes como la sexualidad. El retorno del PRI al poder provocó cambios que lejos de ayudar, generaron controversias e, incluso, severas críticas ya que, derivado de las aceleradas revisiones de los libros ocurrieron errores ortográficos y evidentes contradicciones.
Desde su inicio, la actual administración federal se propuso, primero, revertir la reforma educativa de Enrique Peña Nieto, no sólo en los aspectos laborales tan controvertidos, además, en la definición precisa de los propósitos y de los objetivos de su nuevo modelo educativo.
Una amplia consulta dio como resultado la propuesta de lo que el gobierno de la Cuarta Transformación ha denominado “La Nueva Escuela Mexicana”, en la que se definen tanto principios como orientaciones pedagógicas. Su propósito explícito, “es brindar calidad en la enseñanza”, partiendo de la premisa de que “tenemos rezagos históricos en mejorar el conocimiento, las capacidades y las habilidades de los educandos en áreas fundamentales como la comunicación, las matemáticas y las ciencias.”
Cuando el primer mandatario de la nación señala que “habrá que eliminar los elementos neoliberales de los textos gratuitos”, debemos entender que, entre otras cosas, deberá hacer un lado la idea de que las competencias para el trabajo son el eje de la prosperidad de una nación y de su sociedad. Lo que la nueva escuela mexicana habrá de procurar es el aprendizaje de conocimientos de manera permanente y a lo largo de la vida.
La tarea de renovar los libros de texto pasa, obligadamente, por la necesidad de aceptar que somos una sociedad plural, y que, a los niños y las niñas, a los jóvenes, debemos enseñarles a ser tolerantes e inclusivos. A desterrar la violencia, en general, la de género en particular. Enseñarles, también, que amar a la Patria no es un acto de cursilería. Que respetar a la autoridad y desterrar la corrupción y la impunidad, son tareas de todas y todos.
Enseñarles, especialmente, que, con fundamento en el artículo que consagra el derecho a la educación, debemos hacer de la democracia una forma de vida permanente. Que bueno que la SEP, al tiempo que promueva la salud alimentaria de los educandos, entienda que, derivado de la pandemia y del confinamiento, la educación a distancia, la educación híbrida, son presente y no futuro, y que para ella sea efectiva debemos elevar a rango constitucional el derecho a la conectividad en todos y cada uno de los espacios del territorio nacional.