Prospectiva.

Emilio de Ygartua M.

Lunes 7 de julio 2021.

*La lección de la elección del 6 de junio

*El futuro de la educación superior o la educación superior del futuro

*Educación para la vida y a lo largo de la vida 

*Modelos educativos flexibles y docentes capacitados en nuevas didácticas y formas de enseñanza.

Hoy es el día después de las elecciones. Si bien es cierto que se acortó el tiempo de campañas, ello no redujo, por el contrario, la crispación que en momentos escaló a niveles peligrosos para la vida democrática de este país que ha tardado muchos años en construir un modelo electoral confiable, que haga a un lado la duda y erradique la palabra fraude que por tanto tiempo fue el signo distintivo de los procesos electorales. Lamentable, también, la muerte de muchos candidatos a puestos de elección popular víctimas de grupos delincuenciales que se han adueñado de muchos espacios en nuestra geografía nacional.

Antes sabíamos, de antemano, quien ganaría las elecciones, luego, transitamos a la bendita incertidumbre electoral que generaba enormes expectativas de que la democracia en México había madurado. Sin embargo, el actual proceso electoral, que no termina con nuestra presencia el día de ayer en las urnas, trajo nuevamente a cuento el tema del fraude, erróneamente utilizado por el mismísimo presidente del Consejo General del INE, Lorenzo Córdova, quien, en no pocas ocasiones, se quejó tanto de la rudeza innecesaria proveniente de Palacio Nacional, como de las estridentes propuestas de quienes piden la desaparición de este órgano electoral. 

Sin duda, hay que defender la autonomía de ese órgano electoral. Sería un grave error transitarlo al Poder Judicial; lo que sí se observa necesaria es una reforma a la ley electoral que se deshaga, de una vez por todas, de los viejos atavismos que no concuerdan con los nuevos tiempos que se viven hoy en las democracias occidentales. Me refiero específicamente a los candados que limitan la participación del mandatario federal y de los estatales en los procesos comiciales. Desde luego, no estoy planteando un retorno a los tiempos de la intromisión financiera, ese candado no sólo tiene que mantenerse, deben ampliarse las sanciones para quienes desvíen recursos públicos a los partidos o sus candidatos sean del color o denominación que sean.

El 2 de julio de 1988, Enrique González Pedrero publicó en el diario nacional “La Jornada” un artículo denominado “La lección de la elección”. Recordemos que esos comicios fueron manchados por la duda de un fraude electoral en contra del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano. Pocos días después, el candidato del PRI a la presidencia, Carlos Salinas de Gortari, sin reconocer el fraude, cuyas pruebas fueron reducidas poco después a cenizas a causa de un incendio en las bodegas de la Cámara de Diputados, aceptó que la etapa del partido único (del PNR, PRM y PRI), que había gobernado hegemónicamente desde 1929, había terminado.

La lección de la elección del 6 de junio

¿Cuál es la lección de la elección del 6 de junio? Más allá de la polarización y de las estridencias y desencuentros entre los distintos actores; sin dejar de señalar la pobreza general de las propuestas de candidatos y partidos que cada día están más alejados de la gente, este proceso electoral ha confirmado que el modelo partidista surgido de la reforma política de 1978 está agotado. 

El pluripartidismo actual, contrario a lo que entonces planteó don Jesús Reyes Heroles, no está contribuyendo a fortalecer la democracia política debido a que, partidos de ocasión, están lejos de proponer alternativas de cambio que vayan más allá de su verdadera intención de sumar representantes en los cuerpos legislativos para mantener su registro, recibir recursos económicos y buscar la sobrevivencia política para mantener su modus vivendi. Es este un modelo muy oneroso para un país con tantas carencias y desigualdades económicas y sociales, que la pandemia ha acrecentado de manera exponencial.

En estos comicios, por la polarización, ha quedado la evidencia de la existencia en México de dos fuerzas políticas contrapuestas, de un lado, la que detenta el poder merced al triunfo amplio de su líder moral. El movimiento que lo acompañó en esa empresa, Morena, no ha logrado convertirse en un partido político convencional. Su fuerza deriva de la popularidad del líder. 

Es necesario que comprensa que en la segunda mitad del sexenio este poder se desgastará a la velocidad de la luz. Si Morena no logra constituirse en un auténtico partido político, corre el riesgo de ser devorado por las ambiciones personales de quienes ya están buscando convertirse en receptores de la estafeta en el cada día más próximo 2024. No omito señalar que en torno a Morena giran aliados de ocasión cuya lealtad es tan endeble como las alas de las mariposas: PVEM. PT y PES.

Del otro lado, están todos los opuestos al régimen. Una oposición que no ha fraguado, que está unida por alfileres, por intereses tan fugaces como endebles son sus propuestas y estrategias para hacer a un lado a quien califican como un riesgo para la democracia y para el país, pero sin ofrecer ni argumentos ni alternativas viables.

La oposición no ha logrado articular un discurso coherente, uniforme, racional y concreto. Funda sus expectativas tanto en la idea del desgaste del líder gobernante, como en que la sociedad, así de difuso, encontrará en ellos la alternativa para vencer al partido gobernante e impedir su continuidad en el ejercicio del poder. Muy bien lo estableció la semana pasada la candidata a diputada del PAN, sin ser ya miembro de ese instituto político, Margarita Zavala: la unión PAN-PRI-PRD, es una aberración, pero no hay de otra en este momento.

Al momento de entregar esta colaboración para Novedades de Tabasco, que hizo, como siempre, un puntual seguimiento de campañas y jornada electoral, no conozco el resultado de los comicios realizados ayer en todo el país. Anticipo que, a diferencia de otras elecciones intermedias, la presencia en las urnas, especialmente en las entidades donde se renovó el poder Ejecutivo, deben haber rebasado los números históricos y vencido al abstencionismo característico de las elecciones de la mitad del sexenio. 

Ahora transitaremos a una larga y compleja etapa. Luego del recuento distrital vendrá la fase de reclamos y demandas, de judicialización que, espero, no eleve aún más el tono ríspido de estos diálogos que con mucha facilidad se convierten en monólogos cargados de posturas ideologizadas e irreductibles tan dañinas para la democracia.

En pocas horas conoceremos, de manera oficial, la nueva conformación de la Cámara de Diputados Federal, parámetro que nos permitirá conocer la salud del régimen que promueve la llamada Cuarta Transformación. El número de legisladores, de uno y otro lado. Sabremos, con precisión, el escenario en el que habremos de transitar en los próximos tres años: Un gobierno dividido como ha ocurrido en los últimos tres sexenios, o, la consolidación de la dominancia de Morena en el Congreso. 

Sea cual sea el resultado final, debemos prepararnos para un cierre de sexenio muy complicado, en el que los factores endógenos serán determinantes para consolidar la propuesta de López Obrador, o, por el contrario, los opuestos, si ganaron peso en la Cámara Baja, buscarán, a toda costa, descarrilar el tren de la transformación y sentar las bases para el retorno al pasado que, aunque lo nieguen, es una búsqueda incansable e inmoderada de las prebendas que el antiguo régimen, que se niega a morir, les obsequió por muchos años. 

Un escenario intenso en el que, esperamos, no se desborden los ánimos y, de verdad, se vea por la consolidación de la democracia que las dos partes juran defender.

El futuro de la educación superior o la educación superior del futuro

En 1987 se celebró en Santiago de Chile un foro cuyo objetivo se centraba en analizar a la educación superior en nuestro continente y en Europa. El titulo era, además de sugestivo, retador. Hablar del futuro de la educación, especialmente en una región como la latinoamericana que no ha podido aumentar la cobertura y con enormes evidencias de heterogeneidad en modelos académicos, en niveles de calidad y pertinencia, conllevaba la necesidad de incorporar en la narrativa de ponencias y discursos, las justificaciones que no explicaciones de las enormes distancias que nos separaban (nos separan) de la educación impartida en Estados Unidos y Canadá, y en la todavía no conformada Unión Europea. 

A la luz de esas evidentes asimetrías, los países latinoamericanos pusieron en la mesa el viejo concepto bolivariano de la “unidad latinoamericana”, que habiendo fracasado en lo político y en el propósito de alcanzar un desarrollo regional, no generaba muchas expectativas de éxito en aspectos como la integración educativa. La Comunidad Económica Europea ya anticipaba propuestas como la de Erasmus que buscaba generar un modelo paneuropeo en materia educativa, lo cual se logró luego del nacimiento de la Unión Europea a partir de la entrada en vigor del Tratado de Maastricht en 1999.

Para nuestra región era difícil hablar del futuro de las universidades en los tiempos en los que, en Washington, se cocinaba el Consenso que marcaría la ruta de las políticas económicas latinoamericanas en las tres décadas siguientes. No era obra de la casualidad que ese foro se realizara en un país gobernado por un dictador, Augusto Pinochet, quien permitió que esa nación se convirtiera en el laboratorio de prueba de las tesis neoliberales diseñadas en las aulas de la Universidad de Chicago bajo la guía y conducción de Milton y Ross Friedman.

Desde esa óptica, tampoco es extraño que las conclusiones de ese foro giraran en torno a la reducción del papel del Estado en la educación superior, y una clara asignación a estas instituciones responsables de la educación terciaria del papel de formadores de profesionales asimilables a los requerimientos y demandas del nuevo modelo económico: educación basada en competencias para el trabajo, no competencias para la vida. 

La “universidad del futuro” era visualizada desde una óptica eficientista, medida por su capacidad de formar cuadros apolíticos, fácilmente moldeables a los requerimientos de un nuevo formato que calificaba a las instituciones y a sus egresados por el dominio de competencias genéricas y profesionales “necesarias para alcanzar éxito laboral” y el buen desarrollo de las empresas contratantes.

La educación superior frente a los retos de la nueva normalidad

A 34 años de distancia de este foro, preguntarnos acerca del futuro de las universidades o sobre las universidades del futuro, conlleva un ejercicio no sólo semántico, además, un profundo análisis de los cambios que en la educación ha provocado esta crisis sanitaria, y de las modificaciones al entorno económico y social que ha generado la crisis económica derivada de la pandemia. ¿Se han perdido las 702 actividades laborales que anticipaban investigadores de la Universidad de Harvard? ¿Cómo se modificó la visión de futuro de la educación superior? ¿Qué modelo educativo prevalecerá al volver a la normalidad que tanto se nos ha referido, pero que todavía no tiene rostro?

En días pasado, en coordinación con el Instituto Internacional para la Educación Superior en América Latina y el Caribe, y, Educación Superior y Sociedad, la UNESCO, presentó los resultados de una encuesta y las propuestas de varios estudiosos de la materia en un coloquio denominado: “Pensar más allá de los límites. Una Prospectiva sobre los futuros de la educación superior hasta 2050”.

Gabriela Zum, directora de Formación y Desarrollo Docente de la Universidad Olmeca, nos compartió una síntesis muy completa de lo ahí expuesto, que yo me voy a permitir resumir destacando algunos puntos centrales. 

Como señalé, este informe es el resultado de un proceso colectivo y creativo de debates en torno al papel de la educación superior a nivel planetarios. Se lanzaron dos preguntas guía: ¿Cómo le gustaría que fuera la educación superior en 2050? ¿Cómo podría contribuir la educación superior a un mejor futuro para todos en 2050? Confieso que me parece que patear el bote tres décadas adelante resulta muy osado. Me parece que ese 2050 está, hipotéticamente, a la vuelta de la esquina, por lo cual, debemos pensar en la educación superior que queremos para el año 2030, una meta más cercana.

El futuro ya está aquí. La educación debe adecuarse a los nuevos tiempos

Los expertos establecen cuatro propuestas muy concretas: primero, asumir una responsabilidad activa en el desarrollo del potencial de la humanidad; segundo, promover el bienestar y la sostenibilidad, orientados hacia la justicia, la solidaridad y los derechos humanos, tercero, respetar las culturas y las identidades, creando espacios para el diálogo inclusivo; y, cuarto, promover la colaboración entre comunidades locales y globales. Es necesario vincular la educación superior con los otros niveles de la educación, incluido el aprendizaje no formal e informal.

¿Cuáles deben ser los propósitos de la educación superior? Los objetivos de mediano y largo plazo de las IES deben ser: contribuir al desarrollo social y económico de su entorno y de la sociedad global; promover el bienestar del planeta; desarrollar el potencial del educando para que pueda alcanzar su proyecto de vida; impulsar la educación superior para todos incrementando la cobertura a través de diferentes modalidades educativas: híbridas o a distancia; promover la creación del conocimiento y, como ha quedado en evidencia durante esta pandemia, es urgente reducir la enorme brecha digital que afecta tanto a naciones pobres como en vías de desarrollo. 

¿Qué responsabilidades tienen las instituciones de educación superior? ¿Cuáles deben ser sus objetivos estratégicos? Cinco son los objetivos esenciales que se establecen: liderar el cambio; promover la participación cívica; promover la cultura de la paz y la no violencia; ser motor de desarrollo inclusivo y sostenible, y, finalmente, responder a las necesidades y demandas sociales. Estos cinco elementos configuran el compromiso que toda IES debe tener con su comunidad educativa, con su entorno y con la sociedad de la que es parte.

Las instituciones de educación superior deben tener en cuenta que la demanda de estudiantes y padres de familia está centrada en tres elementos principales: calidad, pertinencia y certificación de conocimientos. La capacitación docente es una de las estrategias básicas para poder garantizar una educación generadora de conocimientos significativos a partir del uso de estrategias didácticas y de las pedagógicas plenamente desarrolladas tanto en el aula como en la educación virtual y a distancia.

Las IES no pueden eludir el compromiso de integrar programas académicos formales e informales, holísticos y plenamente alineados con el contexto social. Asimismo, deben prestar atención a la inclusión de los grupos vulnerables y tradicionalmente excluidos, como los no escolarizados, las mujeres, los jóvenes los desempleados, las personas con discapacidad y las comunidades indígenas. Por ello, los ejes del aprendizaje deben ser “aprender a transformar” y “aprender a ser”, rompiendo así con los viejos paradigmas del modelo educativo que no atendía el proyecto de desarrollo personal del disenso ni su compromiso con la sociedad desde el punto de vista ético-social.

La propuesta con visión de futuro establece el compromiso de las instituciones de educación superior de contar con una planta docente que tenga habilidades para capacitar, facilitar y diseñar modos innovadores de aprendizaje. Finalmente, me refiero a una recomendación final de la UNESCO, que la Universidad Olmeca ha hecho suya: Generar programas flexibles e inclusivos. Programas para aprender a lo largo de la vida, como los que ofrece su Escuela de Educación Permanente y a lo Largo de la Vida, fundada en un proyecto educativo orientado a fortalecer el desarrollo integral de las personas desde la niñez hasta la adultez. El futuro ya llegó. Afrontémoslo con responsabilidad y con ideas claras.

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