Emilio de Ygartua M.
Lunes 23 de agosto 2021.
*El conflicto en Afganistán y el papel de los Estados Unidos
*¿Es el fin de la hegemonía norteamericana en Asia Central?
*Biden tira la toalla y sus aliados en Asia y Europa miran con recelo el futuro
*Rusia y China: a llenar el vacío dejado por EU
*¿La reforma electoral de Monreal es la reforma electoral de AMLO?
El conflicto en Afganistán, derivado de la decisión de Estados Unidos de reducir a cero su presencia militar luego de dos décadas de activa participación en ese país, se inscribe en el nuevo escenario geopolítico mundial, confirmando lo que han señalado politólogos y especialistas en relaciones internacionales de que estamos viviendo una nueva guerra fría, con características diferentes a la que ocurrió entre 1945 y 1990, sí, pero con algunas similitudes que son las que dan sentido a esas opiniones.
Hace dos años y, recientemente, en su encíclica fratelli tutti, el Papa Francisco hizo explícita su preocupación por el resurgimiento de esta polarización mundial protagonizada ahora por los Estados Unidos y China; una lucha cuerpo a cuerpo, el primero, en el propósito de mantener el liderazgo mundial, la segunda, cada vez más cerca de rebasar a quien desde el fin de la Segunda Guerra Mundial ha ejercido una dominancia en el terreno político, económico y militar a nivel mundial.
Rusia, integrante principal de lo que fue, entre 1921 y 1990, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), también está participando activamente en este juego de trones, con la intención de recuperar un asiento en la sala de mando internacional, en el que el poder militar es factor importante, desde luego, pero también juega un papel medular la capacidad de innovación y desarrollo de tecnologías capaces de respaldar esos propósitos expansionistas naturales a una geopolítica fundada en el deseo de garantizar el tan deseado espacio vital.
Por lo anterior, no debe sorprendernos que, a la hora del arribo de los talibanes a la tierra de la que fueron expulsados hace dos décadas por los norteamericanos y sus aliados, este retorno ocurra pasando por encima de acuerdos previos, exhibiendo su poder militar y su abyecta intención de no quitar ni una coma a sus componentes ideológico-religioso, hayan sido precisamente los gobiernos de China y Rusia los primeros en manifestar, de manera abierta, su respaldo al retorno de los “hijos pródigos”, que recuperan su espacio luego de veinte años de lucha intensa, que, como la gota de agua, ha logrado horadar la piedra.
Los acontecimientos ocurridos en la última semana en esas tierras ubicadas en Asia Central han provocado justificada preocupación mundial ya que se anticipa que el nuevo gobierno talibán no sólo castigará a los que por tantos años los mantuvieron a raya, además, impondrá leyes cuya intolerancia es de sobra conocida, normativas que pasan por encima de derechos humanos universalmente aceptados. Preocupa, y mucho, el futuro de las mujeres afganas que obligadas a mantenerse en ese país; se anticipa un retorno automático a las restricciones que pasan no sólo por el uso obligatorio de la kurda, van más allá, al prohibir, por ejemplo, que las niñas puedan continuar sus estudios más allá de la primera década de su ya de por si complicada existencia.
El conflicto en Afganistán y el papel de los Estados Unidos
Al presidente Joe Biden le ha tocado bajar el telón. Nadie puede pensar que no tenía idea de lo que iba a pasar con el retiro de las tropas y de la asesoría militar que desde 2001 fluyó de manera importante con apoyos económicos billonarios que arrancaron en los últimos meses de la administración de George W. Bush, cuando se implementaron las primeras acciones militares para encontrar a Osama bin Laden, líder de Al Qaeda, grupo terrorista que orquestó el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York y al Pentágono el 11 de septiembre de 2001. Por cierto, estamos a pocos días de la conmemoración del vigésimo aniversario de este nefando hecho.
¿A quien le toca cargar con la responsabilidad de esta decisión tomada en momentos específicos por Barack Obama y Donald Trump, implementada por el actual mandatario de los Estados Unidos? A poco más de siete meses de haber asumido la presidencia, le corresponde a Joe Biden cumplir con los acuerdos celebrados entre su antecesor y los dirigentes talibanes. “Estados Unidos no podía ni debía seguir luchando en una guerra que los afganos no están dispuestos a librar”, declaró el demócrata luego de horas de silencio ante lo que habría de venir.
Estas palabras, que pueden sonar a simple a excusa, retratan de cuerpo entero una situación inocultable: no obstante la muy alta inversión realizada para mantener un gobierno democrático en Afganistán, este esfuerzo no permeó lo que ha quedado demostrado por la velocidad con la que los insurgentes talibanes han recuperado prácticamente el control de todo el territorio, teniendo como premio hacer suyo armamento, helicópteros y otros activos militares que los norteamericanos y sus aliados han dejado a la hora de salir corriendo por su vida.
Al tiempo, el discurso de Joe Biden pone al desnudo la hipocresía recurrente del gobierno norteamericano que siempre justifica su intromisión en otras naciones aduciendo “la defensa de la democracia y la libertad”. “El objetivo del despliegue nunca fue construir una nación democrática, sino luchar contra el terrorismo y evitar un nuevo ataque al territorio norteamericano”, reconoció el mandatario de una nación que públicamente hace añicos el paradigma que durante años ha pretendido justificar su inmoral afán imperialista.
¿Para que quedarse tantos años si el objetivo de esta misión era simplemente acabar con Al Qaeda y capturar a su entonces líder, Osama bin Laden, lo cual se logró hace una década? Esta es, sin duda, la pregunta que hoy se hacen los ciudadanos norteamericanos. ¿Ha sido esta una nueva “guerra inútil”, como lo fue la de Vietnam? ¿Aceptará el Imperio del norte esta retirada como una nueva derrota como tuvieron que hacerlo en 1973 al firmar los Tratados de París que pusieron punto final a la Guerra en el Sureste Asiático?
El mandatario aseguró que tenía solo dos opciones: seguir el acuerdo suscrito por Trump con los talibanes en febrero del 2020, “o escalar el conflicto bélico.” Pero, insistió, “si las fuerzas afganas no iban a luchar, permanecer un año más no iba a significar nada”, en una evidente descalificación del actuar de los líderes afganos que, sin duda, mostraron una total falta de voluntad pese a “haberles dado todo lo que necesitaban.”
¿Es el fin de la hegemonía norteamericana en Asia Central?
¿Cómo han leído esta actitud Israel y los países árabes aliados históricos de Washington? Primero, como una derrota, segundo, como un signo inequívoco de que tendrán que hacer frente “por si mismos” a enemigos como Irán y a un muy posible resurgimiento del yihadismo. Si el gobierno norteamericano cree que esta salida por la puerta de atrás no tendrá costos, está muy equivocado.
En Israel, la lectura es que “el fiasco de Afganistán” constata “que la progresiva salida de los Estados Unidos como actor hegemónico en la región coincide con su decline como superpotencia.” Una dura aseveración que evidencia el temor de expertos y analistas de seguridad que consideran que el retorno de los talibanes al poder “dará alas a grupos islámicos (como el caso de Hezbola en el Líbano) y, como ya se apuntó, al resurgimiento del yihadismo.
Como se recordará, Joe Biden sembró enormes dudas durante su primera visita oficial al Viejo Continente. Sus aliados europeos reconocieron su empeño por restablecer los principios básicos de la diplomacia norteamericana, enterrados durante cuatro años por su antecesor; sin embargo, lo observaron dubitativo y hasta tibio en su mensaje de adhesión a los principios que fundaron la relación con las naciones europeas al finalizar la Segunda Guerra Mundial.
Además, no genera confianza en Europa la polarización que priva en los Estados Unidos luego de una épica lucha entre liberales y conservadores, con escenas muy parecidas a las ocurridas durante la Guerra Civil de 1862-1867; verbi gracia el asalto al Congreso el 6 de enero pasado, liderado por partidarios de Donald Trump.
Publicado por “El País” (18/08/2021), Yossi Melman, analista de inteligencia israelí, hace una cruda descripción de la coyuntura que vive hoy esa región: “La era de intervención y presencia de Estados Unidos en Oriente Próximo toca a su fin.” ¿En qué se funda para afirmar lo anterior? Melman nos recuerda que, bajo las sucesivas administraciones de Barack Obama, Donald Trump y Joe Biden, “el Pentágono se ha replegado de una región que sólo ha reportado gastos ingentes y ataúdes”.
¿Quién o quiénes sacarán ventaja de esta decisión? Como ocurrió en 1973, luego de la firma del Tratado de París que selló la salida de Estados Unidos de Vietnam, derrotados y humillados, la URSS y China, en esos entonces relativamente distanciados, sacaron provecho de esa coyuntura adelantando sus fichas y aumentando su presencia en el Sureste asiático. Hoy, Rusia y China se afilan las uñas, claros de que Afganistán será una fuente importante de negocios al tiempo que un espació ideal para fortalecer su influencia en la región.
Rusia y China: a llenar el vacío dejado por EU. La nueva geopolítica
Rusia ha aprovechado ese paulatino retiro de las fuerzas armadas norteamericanas. Como decía el maestro Jesús Reyes Heroles, “vacío que no se llena, se llena”. Rusia ha ocupado parte de ese espacio. “En 2015, su decidida intervención militar en favor del régimen de Siria salvó de la derrota al presidente Bashar al Ásad y le permitió recuperar el control sobre la mayor parte del país cuatro años después”. De esta forma, Moscú garantizó el uso indefinido de sus bases aeronavales en la costa siria.”
Por su parte, China, mira a Afganistán como una muy productiva área de negocios derivada de su riqueza mineral, entre la que se encuentran importantes yacimientos de litio, el oro blanco, que está llamado a convertirse en el recurso esencial en los próximos años debido a su utilidad para la fabricación de las baterías de los autos híbridos y eléctricos, para computadoras, drones, cámaras y otros artículos esenciales para la vida moderna. Ambas naciones, distantes pero cercanas a la hora de atender sus intereses geopolíticos, saben que todos esos beneficios pasan por la rápida construcción de una relación sólida y de largo plazo con el nuevo gobierno talibán.
A pesar de la velocidad con la que éstos, los talibanes, están ocupando el territorio afgano, enfrentan algunas resistencias de miles de personas que hacen un desesperado, pero infructuoso esfuerzo por evitar lo inevitable. Oposición que están siendo enfrentada con lujo de fuerza que ha provocado algunas muertes y mucho heridos, y que, sobre todo, ha derivado en la radicalización de la cúpula que aspira a reinstaurar en Kabul un gobierno sujeto a las leyes del islam.
¿Nos quedamos cruzados de brazos? Los principales líderes europeos como Ángela Merkel, Emmanuel Macron y Boris Johnson, esperaron impacientes una llamada de Joe Biden, para explicarles cuál era su estrategia, si es que la había. En realidad, estas comunicaciones generaron más dudas que respuestas. El mandatario norteamericano aceptó la propuesta del primer ministro británico de convocar a una reunión del Grupo de los Siete con la finalidad de coordinar la ayuda humanitaria para los que tendrán que mantenerse en Afganistán, primero, segundo, para los que, colgados de las alas de un avión, no es una metáfora, han podido salir de su país.
La ONU, con esa parsimonia a la que nos tiene acostumbrados su recientemente ratificado secretario general, ha expresado, también, su preocupación por la suerte de quienes se quedan y por los muchos que buscarán refugio en naciones cercanas y en otras no tanto, agravando la ya de por sí complicada situación que conlleva la existencia de casi 500 millones de refugiados que la ACNUR considera están fuera de sus países por razones diversas.
Frente a este caos que ha convertido el aeropuerto de Kabul en “la última frontera, a la que hay que llegar como sea”, el presidente de los Estados Unidos, en un mensaje a la nación, acompañado de Kamala Harris (que en breve hará una gira por el sudeste asiático en medio de esta crisis) y de todo su equipo de seguridad, señaló: “No puedo prometer como acabará la evacuación, pero usaré todos los recursos para sacar de allí a los estadounidenses”. Confirmó el despliegue de 6 mil soldados en el aeropuerto de Kabul para garantizar la seguridad de lo que calificó como “una de las operaciones más grandes y difícil de la historia.”
Sin duda, esta crisis cobrará factura a los demócratas en las elecciones intermedias en noviembre del 2022, al tiempo que le dará argumentos sólidos a Donald Trump, y a sus millones de seguidores, para calificar a la actual administración de ineficiente e inoperante y de poner en duda su liderazgo mundial. La bomba de tiempo que Trump sembró le ha estallado en las manos a su sucesor.
¿La reforma electoral de Monreal es la de AMLO?
Como es bien sabido, luego del proceso electoral del 6 de junio, el presidente Andrés Manuel López Obrador ha inserto en la agenda política nacional, además de dar el banderazo de salida a la sucesión presidencial con mucha anticipación, tres reformas constitucionales que involucran a la CFE, a la Guardia Nacional y a los dos órganos electorales: INE y TEPJF. En lo que respecta a esta última, ha anticipado que convocará a un grupo de especialistas para diseñarla, señalamiento que hizo horas después de conocer que el senador Ricardo Monreal, líder de Morena en la Cámara Alta presentaría una iniciativa en ese mismo sentido.
No es nuevo que el zacatecano se anticipe o que se contraponga a los planteamientos del jefe del Ejecutivo. Nadie niega su capacidad de gestión, ni su calidad como negociador; los que saben, señalan que su distanciamiento con el mandatario se funda en ese “acelere” que explica, dicen, el por qué no lo han incluido en la lista de los posibles candidatos a suceder al tabasqueño en el 2024.
Está claro que propuesta de Ricardo Monreal no es la de AMLO, sin embargo, una lectura de su Iniciativa con Proyecto de Decreto por el que se reforman y adicionan diversos artículos de nuestra Carta Magna en materia político-electoral, al menos, debería ser leída y analizada por el mandatario federal, y por el grupo de especialistas que éste ha anticipado se harán cargo de redactar “su” propuesta de reforma electoral.
La iniciativa está conformada por siete ejes temáticos. No es posible en este espacio comentarlos todos, pero no dejo de mencionar que el documento, que es vasto, está bien configurado y considera temas que el propio presidente de la república ha anticipado como torales a la hora de construir una propuesta de reforma electoral. Menciono sólo algunos: Pasar las funciones de las OPLES al INE; Reducir la integración del Consejo General del INE e implementar esquemas rotativos, limitado a tres años, para ocupar el cargo de presidente. Se propone bajar el número de los integrantes del Consejo General de 11 a 7 y renovar de manera total la conformación sus integrantes.
Asimismo, se plantea la desaparición de los Tribunales Electorales Locales y la creación de Salas Locales. En este contexto, la iniciativa propone reducir la integración de la Sala Superior que estaría conformada por 5 magistrados, 2 menos que en la actualidad. Se plantea una renovación total de los magistrados, al tiempo que se propone especificar el ámbito de competencia de este Tribunal.
La Iniciativa habla, también del número de legisladores de representación proporcional que integrarían el Congreso. En lo que a la Cámara de Senadores se refiere, se propone eliminar a las senadurías electas por representación proporcional, de tal suerte que la Cámara Alta estaría integrada por 96 senadores (en lugar de los actuales 128), 64 electos por el principio de mayoría relativa y 32 por primera minoría.
En lo que respecta a la Cámara de Diputados, la propuesta significa un retorno al planteamiento original de la Reforma Política de 1977. La Cámara Baja estaría conformada por 300 diputados de mayoría relativa y 100 de representación proporcional. Serían 400 en lugar de los 500 diputados federales que actualmente la conforman.
No se cual será la suerte de la “Iniciativa Monreal”, como ya se le ha bautizado. Creo, sinceramente, que valdría la pena analizarla y no desechar lo que, a primera vista parece un buen ejercicio de ingeniería constitucional electoral.
Como siempre acertado y neutral. Deberían darle mayor
Difusión
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Excelente análisis. Es posible que el gobierno de USA, ante el avance ruso pero sobre todo el comercial chino, atienda su mercado regional a través de una nueva relación política y comercial con América Latina? Podría, en ese contexto, tolerar un mercado común latinoamericano, suponiendo que se lograra, para hacer un continente fuerte y desarrollado y tener éxito en la contención del gigante asiático en su mercado? Como la plantea AMLO, es trabajar a favor del desarrollo de América Latina que le aseguraría un mercado enorme sin armas ni despotismo.
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