Prospectiva.

Emilio de Ygartua M.

Lunes 27 de septiembre 2021.

*Bicentenario de la Independencia de México

*El abrazo de Acatempan: ¿El principio del fin?

*Ecos de la reunión de la CELAC: ¿Es posible la unidad latinoamericana?

*Las voces del festejo

* “Es la geopolítica, imbéciles”

Conmemoramos hoy el bicentenario de la consumación de un movimiento de independencia iniciado once años atrás (16 de septiembre de 1810). Proceso complejo que a la muerte de José María Morelos y Pavón (22 de diciembre de 1815) parecía condenado al fracaso; que pudo, finalmente, triunfar merced a la suma de dos grupos opuestos en sus propósitos y en su visión de nación. Uno, que tenía como objetivo hacer realidad el modelo establecido en “Los Sentimientos de la Nación”, documento dictado por “El Siervo de la Nación” entre el 26 de noviembre de 1812 y el 9 de febrero de 1813, redactado por don Andrés Quintana Roo, para ser leído el 14 de septiembre de 1813 en la apertura del Congreso Anáhuac, también llamado Congreso de Chilpancingo; el otro grupo, encabezado por Agustín de Iturbide, que manifestaba su propósito mantenerse ligados a la corona española.

“Los Sentimientos de la Nación”, el documento fundacional del movimiento emancipador de México está constituido por veintitrés puntos, entre los más relevantes, los siguientes: Declarar la Independencia y la libertad de América de España de cualquier otra Nación, gobierno o monarquía. Reafirmar la religión católica como la única aceptada sin tolerancia de otra. Establecer que la soberanía dimanaría del pueblo y del Supremo Congreso Nacional Americano compuesto por representantes de cada provincia en igualdad de número, eliminándose la figura del rey de España.

Establece, también, que, una vez reconocida la soberanía de la nación, con una política inspirada en la revolución francesa, el gobierno se dividiría en tres poderes: legislativo, ejecutivo y judicial. Se señala, asimismo, que, con la finalidad de proteger a los americanos, los empleos quedarían reservados para estos. Se manifiesta de manera explícita que se cambiaría la forma de gobierno, se eliminaría la monarquía y se establecería un gobierno liberal, al tiempo que quedaría proscrita “para siempre” la esclavitud y la distinción de castas, bajo el principio de que “todos quedan iguales”; además, desaparecerían las alcabalas, los estancos y el tributo de los indígenas, muestras inequívocas de la inequidad que prevaleció durante los tres siglos de vigencia de la colonia.

A la muerte de Morelos, las fuerzas insurgentes quedaron dispersas, dando paso a una etapa incierta conocida como el “período de la guerrilla”, fase en la que adquiere relevancia la figura de Vicente Guerrero. En 1820, derivado de la rehabilitación de la Constitución de Cádiz, provocada por la sublevación militar de Rafael Riego, del grupo liberal, se genera en Nueva España la abierta oposición del rey Fernando VII (paradójicamente promotor de esa Carta Magna en 1812)  lo cual provoca un cambio de postura en las élites novohispanas a favor del movimiento independentista, que otorgan al militar y político Agustín de Iturbide (1783-1824), carta blanca para que negocie un acuerdo con los insurgentes que ponga fin al movimiento iniciado en 1810.

El abrazo de Acatempan: ¿El principio del fin?

A principios de 1824, Guerrero e Iturbide se encuentra en Acatempan. Un abrazo permite concretar un Plan, proclamado el 24 de febrero de 1821 (Plan de Iguala o Plan de Independencia de la América Septentrional), que declara a la Nueva España como “país soberano e independiente”. Este acuerdo establece, además, otros tres principios fundamentales: Mantener la monarquía encabezada por Fernando VII o alguno de los miembros de la Corona española (este punto servirá de fundamento para establecer, poco después, el gobierno imperial encabezado por Iturbide); establecer la religión católica como la única y, declarar la unión de todas las clases sociales.

Estos tres principios: religión, independencia y unión, se convertirán en las Tres Garantías que fundamentaron la constitución y operación del también llamado Ejército Trigarante, que entre 1821 y 1823 estuvo encabezado por Iturbide. El Plan de Iguala es ratificado el 25 de agosto de 1821, incorporando diecisiete artículos conocidos como los “Tratados de Córdoba” (24 de agosto de 1821), en los cuales se establece que el gobierno que adoptaría México, como nación independiente, sería una monarquía moderada, “cuya corona sería otorgada a Fernando VII o a algún otro infante de España”. El propósito de este acuerdo era devolver a la corona española, en el ahora “México Independiente”, el poder que la Constitución de Cádiz de 1812 le había quitado en España.

El Tratado de Córdoba, firmado en esa ciudad veracruzana por Agustín de Iturbide y Juan de O´Donojú, jefe político superior de la Provincia de Nueva España, días después de la derrota del ejército peninsular en la batalla de Azcapotzalco, fue rechazado por el gobierno ibérico. Pasaron un poco más de 12 años, a la muerte de Fernando VII, para que se reconociera formalmente la independencia mexicana mediante un acuerdo firmado el 28 de diciembre de 1836 conocido como el Tratado de Paz y de Amistad entre México y España.

Años después, en 1861, al concluir la Guerra de los Tres Años o Guerra de Reforma (1858-1861), ante la invitación de Miramón y Mejía  (representantes del conservadurismo derrotado) a Napoleón III, emperador de Francia, para que los apoyara en la restauración de una monarquía en México, se originó la coyuntura para que esa nación, Gran Bretaña y España (representada por Juan Prim) presentaran demandas diversas al gobierno republicano encabezado por Benito Juárez García, que derivó en la intervención francesa (1862-1867), derrotada por las fuerzas liberales encabezadas por propio “Benemérito de las Américas”.

Concluyo señalando, ante la negativa histórica del Estado Mexicano de reconocer el aporte de Agustín de Iturbide al movimiento de independencia, que esta postura se funda en una realidad concreta. Quien fungiera como cabeza del Primer Imperio (22 de mayo de 1822  al 19 de marzo de 1823) como Agustín I, se convirtió en cabeza del movimiento de aquellos que, opuestos a la emancipación, siempre defendieron la idea de mantener la hegemonía hispana y, al ser esto inviable, optaron por instaurar un régimen monárquico que, afortunadamente, fue efímero por la manifiesta oposición del grupo liberal que defendía las auténticas intenciones de autonomía y soberanía nacionales establecidas en “Los Sentimientos de la Nación”.

Cambiar para transformar

Me parece ocioso centrarme en los comentarios derivados de los festejos del inicio de nuestra guerra de independencia. Está claro que los opuestos al régimen han asumido como tarea cotidiana denostar y criticar las decisiones del presidente Andrés Manuel López Obrador. Hacerlo día a día a través de páginas de diarios o de programas radiofónicos o televisivos, evidencia una libertad de expresión que estos grupos, por cierto, se empeñan en calificar de inexistente, en cambio, sí descalifican el derecho del mandatario a utilizar su espacio matutino para referirse a lo que él, creo en pleno derecho, considera falto de verdad.

Es esta la evidencia inequívoca de un escenario polarizado que está a punto de cumplir tres años y que, lo he señalado en muchas ocasiones, está lejos de concitar el diálogo razonado y productivo tan necesario en estos tiempos en los que más que a la denostación y a la diatriba deberíamos estar concentrados en buscar respuestas, soluciones a los grandes problemas nacionales, que si bien han variado de los que en su obra cumbre describió Andrés Molina Enríquez a principios del siglo pasado, son referente obligado a la hora de entender y atender los enormes rezagos que vive esta nación azotada por la desigualdad, la inequidad, la corrupción, la inseguridad y otros flagelos que difícilmente se podrán revertir si no encontramos las veredas que nos conduzcan hacia el encuentros de las soluciones deseables y posibles.

Esa es la terea y, para mi, la gran incógnita acerca de si en la segunda mitad del sexenio la necesaria transformación que impulsa nuestro paisano, que, es cierto, tiene avances, especialmente garantías constitucionales para prevalecer, se pueda consolidar y sí, punto importante, podrá haber la continuidad necesaria que pueda poner fin al maldito vicio presente en nuestra historia independiente de avances y retrocesos sexenales.

No es posible volver a iniciar de cero; no podemos seguir borrarando el pasado inmediato para construir un futuro por muy promisorio que este sea. El 1º de julio de 2018 una inmensa mayoría de ciudadanas y ciudadanos votaron por un cambio de régimen y esa voz es necesaria oírla y atenderla. Un presidente que llega a la mitad del sexenio con el 73 por ciento de aceptación, lejos de caer en el conformismo, debe acelerar el paso y sentar las bases de lo que es, ha sido desde hace muchos años su proyecto de nación.

Como en 1821, la dicotomía se centra en hacer realidad plena los “Sentimientos de la Nación”, o fenecer frente a los embates de un conservadurismo que quiere sólo cambios, para que todo siga igual. Su lectura cotidiana de Giuseppe Tomasi Lampedusa (El Gatopardo) los ubica en el papel de barrera, en dique que pretende evitar que las aguas de la transformación fluyan para lograr un país, por fin, más igualitario, más justo. “Se manifiesta de manera explícita que se cambiaría la forma de gobierno, se eliminaría la monarquía y se establecería un gobierno liberal, al tiempo que quedaría proscrita para siempre la esclavitud y la distinción de castas, bajo el principio de que “todos quedan iguales.” (Los Sentimientos de la Nación)

Las voces del festejo

En este devenir, insisto, me parece infructuoso, una pérdida de tiempo, participar en el debate sobre si fue adecuado que López Obrador le haya dado la voz, el 16 de septiembre, hecho inédito, al presidente de la República Socialista de Cuba, al que los conservadores, y muchos que no lo son tanto, observan como el representante de una “revolución traicionada” que, eso sí, no ha sabido transitar, con la misma inteligencia y valor con la que nació hacia estadios no sólo de igualdad, sobre todo, de libertad plena y de respeto irrestricto a los derechos fundamentales tantas veces acotados a causa, se dice una y otra vez, de las amenazas del “imperialismo yanqui”, que son reales, sí, pero no suficientes para frenar al tren de la modernidad y el cambio ineludibles que reclaman cada vez con mayor fuerza grupos internos.

Se equivocan los que piensan que la defensa de Cuba por parte de nuestro primer mandatario es un aval de lo que al interior de esa nación ocurra. El discurso del tabasqueño, ratificado por el canciller Ebrard durante su intervención en la Asamblea General de las Naciones Unidas el jueves pasado, no tiene que ver con un propósito exculpatorio del gobierno cubano, ni del venezolano, mucho menos del de Nicaragua cuyo comportamiento es motivo de vergüenza y de lógica confrontación de quienes, como Sergio Ramírez, levantan la voz, con riesgo para su vida y libertad, ante la incongruencia de quien fue actor estelar a la hora de la revolución de 1979, fundada en las ideas de Augusto César Sandino, asesinado el 21 de febrero de 1934 por el gobierno de Anastasio Somoza García, padre del Somoza defenestrado, 35 años después por esa revolución hoy claramente sepultada en el fango de una nueva aristocracia repelente a las demandas del pueblo y a la exigencia de la democracia argumento de su propio levantamiento.

México llevó a ese organismo multinacional la demanda manifiesta el 16 de septiembre pasado por el presidente López Obrador: levantar las sanciones de Estados Unidos hacia Cuba. Justificó Marcelo Ebrard esa propuesta en el escenario complejo que hoy se vive a nivel planetario, que se acrecienta en nuestra región. “En ese tenor y ante la severa crisis económica y sanitaria a nivel global, resulta impostergable poner fin al bloqueo económico contra Cuba. En lugar de medidas unilaterales, debemos poner en marcha medidas de solidaridad y apoyo mutuo para impulsar el crecimiento económico y el desarrollo”.

Más allá de las discrepancias y disonancias, de los desencuentros que se dieron entre algunos mandatarios y jefes de gobierno derivadas de sus antagónicas posturas ideológicas y políticas, la VI Cumbre de la CELAC, realizada en la Ciudad de México la semana antepasada, señaló el canciller mexicano fue un encuentro en el que “imperó la unidad en torno a los problemas comunes que afectan a la región”. Sumado a lo anterior, Ebrard hizo público el beneplácito de México por el inicio de la negoción y diálogo entre el Gobierno y la Plataforma Unitaria de Venezuela “facilitado por Noruega y cuyas reuniones se llevarán a cabo en nuestro país.”

“Es la geopolítica, imbéciles”

Los opuestos al régimen, y a todo lo que conlleva la transformación de México, con todos y sus claroscuros (y los graves errores como el desmesurado juicio a investigadores mexicanos que lastima a una comunidad de por sí afectada por las políticas de austeridad y una equivocada visión de la investigación científica) caen en contradicciones insostenibles al refutar el propósito del gobierno de México de alentar la unidad latinoamericana, tarea harto compleja, si, pero olvidan que es este nuestro entorno natural.

Aunque parezca irrealizable convertirnos en aldea global y aspirar a constituir una unión símil a la que, en Europa, a tirones y empujones, se logro con el Tratado de Roma (1950) fundamento de la Comunidad Económica Europea, y luego con el Tratado de Maastricht (1992) que dio lugar a la Unión Europea. Sí es esta nuestra Utopía, pero no debemos renunciar, al menos, a intentar esa unidad.

Resulta paradójico que economistas serios, como Enrique Quintana que al principio de los años noventa del siglo pasado, cuando se gestaba el Tratado de Libre Comercio, apelaban a “no poner los huevos en una sola canasta” y a diversificar nuestra dependencia, digan ahora que no es viable ni correcto ver hacia el Sur, porque el 85 por ciento de nuestro comercio es con Estados Unidos. Como se dice en esta tierra del trópico húmedo: “Nada les embona”.

“Es la geopolítica, estúpidos”, parafraseando a Bill Clinton cuando en aquellos años últimos de su mandato les respondía a sus detractores, en las horas en las que, por sus deslices, se buscaba enjuiciarlo, propósito republicano que no prospero por la solidez económica el país gozaba en esos momentos. Hoy, quién puede cerrar los ojos al mundo bipolar que se está consolidando. Estados Unidos y China pelean, un día si y otro también, el primero, por mantenerse en la cima, el segundo, por rebasar por la izquierda a la nación que desde 1945 ha marcado la pauta en la ruta económica mundial. Biden defiende su postura en la más alta tribuna del planeta. “No queremos generar controversias, ni bipolaridad”, en tanto su antagónico, el presidente chino Xi Jinping, si el mismo que envió un mensaje durante la reunión de la CELAC en México, invita a los miembros de la ONU a ser solidarios, “como nosotros lo hemos sido”, en el reparto de las vacunas para derrotar a la pandemia.

La “nueva guerra fría” ya está aquí. Sólo los ilusos no lo aceptan. No es una lucha entre capitalismo y comunismo, que no se asusten aquellos que quisieran salir a pintar, como en 1960, las bardas de nuestras ciudades con leyendas de “comunismo no”, luego del triunfo de la Revolución Cubana en enero de 1959. Son otros tiempos. Se equivoca Enrique Quintana al criticar el discurso de AMLO, “ubicado en una etapa de lucha entre la URSS y los EU”. señores, la geopolítica manda. Hasta Boris Johnson ha entendido que después del Brexit hay vida, si se vinculan al T-MEC.

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