Emilio de Ygartua M.
Lunes 7 de diciembre de 2020.
Recién iniciamos el último mes de este tan difícil año. Hace unos días un amigo me corrigió la plana cuando expresé que el actual es un año para el olvido. Sin duda tiene razón. Éste será un año que recordemos el resto de nuestras vidas. Hace algunas décadas (1982), Mel Gibson y Sigourney Weber, protagonizaron una película denominada “El año en que estuvimos en peligro”, cuya trama se desarrolla en Yakarta (1965) en los momentos en los que una insurrección comunista busca derrocar al presidente de Indonesia, Sukarno. Esa revolución justificaba el nombre del filme. Esta pandemia, sin duda, justifica calificar al 2020 como el año en que estuvimos en peligro como humanidad.
Esta crisis sanitaria y económica nos ha obligado a repensar nuestro futuro, el cual, paradójicamente, se nos ha adelantado. Hace un par de años, Andrés Openhaimer publicó el libro “Sálvese quien pueda”, segundo de la trilogía en la que debate sobre el futuro de la educación a nivel planetario y del reto que conlleva la desaparición, por efectos de la 4ª. Revolución Industrial, de más de 700 de los tipos de empleos actuales.
La digitalización y la robotización han llegado a un estadio en el que se anticipa que muchas personas quedarán sin trabajo si no adquieren nuevas competencias que los mantengan “vigentes” ante la rápida obsolescencia de las competencias genéricas y profesionales que obtuvieron en las aulas. Especialmente las instituciones de educación superior están obligadas a ofertar a sus estudiantes, a sus egresados, a los adultos mayores, competencias suaves para enfrentar estos nuevos retos: trabajar en equipo, resolver problemas, ética, cultura general e idiomas, entre otras.
El pronóstico de los investigadores de Harvard se cumplió más rápido de lo esperado. La pandemia por la COVID-19 no sólo nos forzó a cumplir con la “sana distancia” y a adaptar y adoptar hábitos de sobrevivencia fundamentales; además, el confinamiento y el paro de muchas actividades económicas obligó a acudir a modelos digitales para acceder a satisfactores, antes, al alcance de la mano. Al tiempo que cerraron muchas empresas, otras se reformularon y, junto con las de nueva creación, se alinearon a las nuevas condiciones del mercado.
La crisis económica por la pandemia, según datos del INEGI, propició el cierre de casi 400 mil negocios, lo que en números relativos significa una pérdida del 8% de los establecimientos que operaban en 2019. Entre los servicios privados no financieros más afectados están los restaurantes y los hoteles y, por consecuencia, aquellos estados con mayor presencia turística. Los pronósticos más optimistas señalan que será hasta el 2023 que este sector recupere las cifras alcanzadas en el 2019.
La demografía de los negocios, graficada en la sección Económica de Excélsior (03/12/20), muestra que este año han cerrado 1 millón 10 mil 857 negocios. Restando los 619 mil 443 que se abrieron, nos arroja ese saldo negativo de 391 mil 414 establecimientos cerrados, con la consiguiente pérdida de empleos y afectaciones a las cadenas productivas.
Cabe mencionar que sólo el 3% del total de establecimientos recibieron algún tipo de apoyo económico, lo que refuerza el planteamiento de que es necesario que, tanto el gobierno federal como los locales, otorguen apoyos a estas empresas micro, pequeñas y medianas a fin de evitar más cierres, con la consecuente pérdida de empleos. Es cierto que han ayudado la estrategia dispuesta por el gobierno federal de apoyar a los de abajo y que ello ayudó a que no cayera la demanda, pero urge una estrategia para ayudar a las clases medias que han sido muy afectadas por esta crisis.
Preocupa sobre manera la separación del cargo de jefe de la Oficina de la Presidencia de Alfonso Romo, quien era el responsable de establecer puentes con el sector empresarial, tarea en la que no se pudo avanzar por los cambios de humor político y por la resistencia de los grupos duros de la 4T, opuestos a las relaciones con el sector empresarial. Lo que es innegable, y el gobierno debe aceptarlo, es que si de lo que se trata es de generar riqueza y ampliar la captación fiscal, no se puede prescindir del concurso de ese sector.
Se ha dado a conocer un nuevo paquete de proyectos que, sumados a los anunciados en septiembre, representan una derrama de recursos cercanos a los 35 mil millones de dólares, que seguramente ayudarán a reactivar la economía, permitirán recuperar los 20 millones de empleos que ofreció AMLO en su mensaje del pasado 1º de diciembre (la cifra que tenía registrada el IMSS antes de la pandemia), al cumplir el primer bienio su administración. Preocupa, hay que decirlo, que este nuevo encuentro se vea afectado por lo que hasta ahora parece un desacuerdo en lo que respecta al futuro del outsorcing.
El futuro ya nos alcanzó.
No se requieren argumentos muy sofisticados, ni es necesario acudir a teorías complejas para explicar, y convencer, que nuestro escenario cotidiano se ha modificado totalmente. Los oferentes tuvieron que adecuarse a las nuevas circunstancias y, en consonancia, los demandantes tuvimos que hacer lo propio para establecer un nuevo punto de encuentro. Los envíos a domicilio, las compras por internet; las personas que se ofrecieron para hacer las compras y llevarlas hasta nuestros hogares para evitar, especialmente en los adultos mayores, que los riesgos de contagio se multiplicaran. Esto permitió generar recursos para muchos que habían perdido sus trabajos o reducido sus ingresos. Otros, desafortunadamente, no pudieron, o no quisieron, adaptarse a estas nuevas circunstancias. Vivimos en un escenario totalmente darwiniano: “Sobrevivencia del más apto.”
La educación, por ejemplo, tuvo que transitar al modelo a distancia para atender las indicaciones de las autoridades sanitarias. En algunos países se atrevieron a aplicar modelos híbridos, presenciales y no presenciales, con los riesgos que conlleva trabajar aún con pequeños grupos. El reto: ofrecer una educación que cubra tanto los aspectos teóricos como los prácticos. Un dolor de cabeza para las instituciones educativas, sí, pero también una ventana de oportunidades frente a la ineludible necesidad de adecuarse a las circunstancias que ha impuesto la llamada nueva normalidad.
La pandemia, lo hemos señalado en muchas ocasiones, ha obligado a los gobiernos a implementar medidas que, si bien contribuyen a cuidar la salud, provocaron afectaciones a la economía. ¿Salud o economía? Esa dicotomía se ha mantenido vigente a lo largo de estos nueve meses, llegando a la conclusión de que, pese a los riesgos que conlleva, se debe privilegiar la fórmula salud y economía. Los nuevos rebrotes a nivel planetario confirman que la hoja de ruta para enfrentar esta pandemia no es ni homogénea ni exitosa. Los rebrotes así lo muestran en prácticamente todas las naciones del orbe.
A mediados de noviembre, en el marco de la reunión virtual del G-20, el presidente Andrés Manuel López Obrador pidió a sus homólogos evitar un nuevo cierre de la economía, un nuevo confinamiento, cuyos efectos globales ya son conocidos. Asimismo, el mandatario tabasqueño insistió en que la fórmula para enfrentar los efectos de la crisis económica debe pasar, primero, por ayudar a los de abajo, a lo que menos tienen, propuesta con la que no todos coinciden, sí, en cambio, con el planteamiento del presidente de impulsar, a nivel mundial un plan de salud alimentaria, orientado a revertir el grave aumento de las comorbilidades que han sido pasto seco a la hora de afrontar los efectos de la pandemia y que ha ocasionado ya millones de muertes por coronavirus.
México ha signado un acuerdo con Pfizer para que la farmacéutica norteamericana entregue a nuestro país un poco más de 43 millones de dosis. Es cierto, ello significa el 40% de la población, pero ayudará a evitar el aumento de contagios. Se cuenta ya con una estrategia para distribuir las primeras (un poco más de 250 mil) lo que permitirá inmunizar al personal de salud que tantas bajas ha sufrido. Hay otros grupos vulnerables, por su trabajo y edad, que seguramente serán considerados en la lista de prioridades.
En las últimas horas se ha observado que no fue en vano la petición hecha en septiembre pasado por Andrés Manuel López Obrador, en el marco de la virtual Asamblea General de la ONU. Entonces, el mandatario mexicano pidió que se evitara la nacionalización de la vacuna para evitar lo que, desgraciadamente, ya está sucediendo. Gran Bretaña y Estados Unidos están monopolizando la compra de los reactivos. Sí, ya se ve una luz al final del túnel, pero se debe actuar con responsabilidad y con sentido de solidaridad universal.
Estados Unidos: un país dividido.
El próximo lunes 14 de este mes, el Colegio Electoral se reunirá para ratificar o rectificar el resultado de las elecciones del pasado 3 de noviembre. Rectificar, sí, ya que Donald Trump se ha empeñado en jugar hasta su última ficha para descarrilar el triunfo de su oponente demócrata. El todavía presidente de los Estados Unidos pretende que los delegados de aquellos estados de la Unión que no consideran vinculante el resultado de la elección le compren el discurso de que él ganó y que hubo “un gran fraude, maquinado por los demócratas”.
La posibilidad de que ello ocurra es mínima, pero él no dejará de luchar hasta el final, no obstante que el fiscal general, William Barr, hombre muy cercano al mandatario, ha expresado que no existe ninguna prueba de fraude que pueda cambiar el resultado de las elecciones.
Lo más seguro es que el próximo lunes Joe Biden sea declarado presidente electo y que al republicano no le quede otra alternativa que ir empacando sus cosas, pasar su última Navidad y Año Nuevo en la Casa Blanca, y prepararse para la entrega de la estafeta a su sucesor el 20 de enero del 2021. Existe la duda de si Trump acudirá a esa ceremonia. Pienso que sí lo hará. Aprovechará hasta el último momento los reflectores y, si se tiene oportunidad, insistirá en su triunfo y en que ha sido víctima del “robo del siglo”. Discurso que oiremos en los próximos cuatro años. Donald Trump ha anunciado formalmente su intención de presentar su candidatura a la primera magistratura de la nación en 2024.
Resulta curioso, pero la petición a sus votantes de que lo apoyaran económicamente para sufragar los gastos legales para demostrar el fraude electoral ha alimentado el “cochinito” con más de 200 millones de dólares que, sin duda, serán destinados a una muy larga precampaña que le permita regresar a la Casa Blanca. Ya lo veo visitando los estados y las comunidades donde ganó para “agradecerles su apoyo”, reiterando que los sacaron por la mala de la presidencia, que no perdió, que le robaron la elección. Como el general Douglas MacArthur, prometiendo a sus fieles votantes que “volverá”.
Trump dejará a un país fracturado, dividido, receloso. Ha golpeado sin misericordia a la democracia norteamericana, tan presumida durante años. Lo continuará haciendo al aplicar al pie de la letra la conseja del florentino Nicolás Maquiavelo, aunque no haya leído nunca “El Príncipe”: “El fin justifica los medios.” Los 74 millones de personas que votaron por él tienen la percepción, la sensación, de que le hicieron trampa a su líder. Un 64% de los que votaron por Trump, consideran, al menos, que “los resultados no son claros.”
¿Cuál será la estrategia que adoptará Joe Biden al asumir la presidencia? Es posible que su oferta de “gobernar para todos, haciendo a un lado las diferencias entre rojos y azules”, se quede sólo en buenas intenciones; en un discurso que, ni aterrice ni alcance los objetivos planteados. Que no lo dude la dupla Biden-Harris, serán cuatro años muy complejos, de lucha para brincar los obstáculos que les colocarán en el camino Donald Trump, sus simpatizantes y los legisladores republicanos que buscarán, a toda costa, hacerles la vida de cuadritos a los demócratas. No será únicamente un gobierno dividido, lo será el país todo. Complejo y delicado escenario que hará difícil la gobernabilidad.
¿Quo vadis Mister Biden?
La nueva administración tendrá que bordar muy fino para convencer a quienes no les otorgaron su sufragio, que les irá mejor con ellos. ¿Será fácil? Sin duda que no. Muchas de las propuestas de campaña tendrán que ser revisadas para lograr que permeen entre los grupos que hoy se manifiestan abiertamente opuestos, refractarios a todo aquello que contravenga las políticas trumpianas. Joe Biden tendrá que construir una especie de “America firt”, pero sin Donald Trump, con la finalidad de atemperar las resistencias.
En materia comercial, Biden ha señalado que se privilegiarán los productos fabricados internamente, sin embargo, seguramente habrá una vuelta al multilateralismo, especialmente con la Unión Europea a la que Trump castigó con aranceles que redujeron la venta de productos elaborados en el viejo continente, como los vinos. Hay confianza entre los socios de la mancomunidad europea de que renacerá la relación amistosa que se volvió ríspida por las posturas del todavía huésped de la Casa Blanca.
Los miembros de la OTAN esperan que retornen los acuerdos y el trabajo conjunto, especialmente en estos tiempos en los que China ha aumentado su presencia en ese continente, merced a inversiones y apoyos financieros que han acercado a Italia, Hungría, Alemania y Polonia a la nación asiática atraídos por lo que se ha llamado “la nueva ruta de la seda.” Pronto sabremos cuál será la estrategia de la administración Biden para poner freno al expansionismo chino, sin que ello conlleve una mayor tensión de las relaciones diplomáticas con un país que no está dispuesto a frenar su ya manifiesta influencia geopolítica.
La semana pasada, el presidente Xi Ping presentó ante el pleno del Comité Central del Partido Comunista Chino, un nuevo Plan Quinquenal que tiene como principal objetivo desarrollar una “economía de doble circulación”. La finalidad es, al tiempo que mantener la presencia y ampliación de los mercados internacionales (el acuerdo de libre comercio recién signado con otras trece naciones asiáticas es una muestra de ello), fortalecer el mercado interno.
Esta estrategia parte de la idea, muy justificada, de que el futuro inmediato puede traer para China una contracción de la venta de sus productos en el exterior por tensiones diplomáticas o por las medidas proteccionistas implementadas por muchas naciones para fortalecer sus mercados internos en la etapa postcovid. También evidencia el propósito del gobierno chino de ampliar los niveles de bienestar de toda la población.
Este país tiene un escenario dual, la zona oriental, colindante con el Océano Pacífico, ha sido la beneficiaria del desarrollo económico como lo denota el desarrollo urbano y el nivel de ingresos de los pobladores de esa región a la cual ha llegado una fuerte inversión extranjera que demanda fuerza de trabajo calificada y muy bien pagada.
Por el contrario, en la región occidental, el desarrollo económico no ha fluido con el mismo ritmo. Hay muchas zonas depauperadas, con muy bajo nivel de bienestar social y salarios precarios que han propiciado que se conviertan en productoras de mercancías de muy bajo costo y calidad y, ausentes de muchos servicios básicos. El presidente Xi Pin ha señalado que es tiempo de realizar “una larga marcha”, utilizando las palabras de Mao, para llevar el desarrollo y fortalecer a un mercado interno (1,300 millones de personas) capaz de absorber las mercancías que no sea posible colocar en el exterior, evitando las tradicionales crisis de sobre producción inherentes al modelo capitalista de producción que derivan en recesión y pérdida de empleos.