Emilio de Ygartua M.
Lunes 28 de septiembre de 2020.
La Organización de las Naciones Unidas (ONU) ha cumplido 75 años desde su creación resultado de los acuerdos del Atlántico Norte que, en 1945, establecieron las reglas para concretar el final de la Segunda Guerra Mundial. Antes de la firma de la Carta de San Francisco, en octubre de ese mismo año, los habitantes de este planeta serían testigos de la masacre cometida por los Estados Unidos al lanzar, primero sobre Hiroshima y luego sobre Nagasaki, dos bombas atómicas que obligaron al imperio japonés a firmar el armisticio y terminar con el conflicto armado iniciado en 1939 con la invasión alemana a los Países Bajos y a Bélgica, en su camino hacia Francia a la que, a diferencia de la Primera Guerra Mundial (1914-1919), sí invadirían en 1940.
La ONU tiene su antecedente en la Liga de las Naciones o Sociedad de Naciones, creada en 1919 como propuesta explícita en el Tratado de Versalles mediante el cual ingleses, franceses y norteamericanos acordaron un decálogo de sanciones contra Alemania que, de entrada, dejó de ser una monarquía y se convirtió en una república cuya capital sería Weimar y no la histórica ciudad de Berlín. La antigua Prusia fue castigada severamente con sanciones económicas, desmantelamiento de su ejército y pérdida de sus posesiones coloniales.
Algunos de los participantes en las largas y complejas sesiones realizadas en el majestuoso Palacio de Versalles, construido en 1623 por Luis XIII, padre del auto llamado “Rey Sol”, Luis XIV, anticipaban que ese acuerdo de paz se convertiría “en el huevo de la serpiente” que incubaría un nuevo conflicto mundial. Woodrow Wilson, presidente de los Estados Unidos, quien viajó a París para participar en esas reuniones, y John Maynard Keynes, reconocido economista inglés, representante de la corona británica, coincidieron al señalar los riesgos que conllevaba imponer a los vencidos condiciones ominosas, como se empeñó en hacerlo el gobierno francés que, años después, pagaría las consecuencias.
La pregunta que flotaba en el aíre era cómo evitar una nueva guerra a la luz de los terribles efectos de la llamada “Gran Guerra”, en la que, según datos oficiales, habían muerto 9 millones de soldados y 7 millones de civiles. A esa cantidad había que sumar los 6 millones de personas que fallecieron a causa del hambre, las enfermedades y la falta de recursos producto del conflicto armado. Para acabarla de amolar, en 1918 el planeta padeció una de las pandemias más mortíferas de la historia, la llamada “influenza española”, originada en los Estados Unidos, que causó la muerte de más de 20 millones de personas en tres años.
El 28 de junio de 1919 fue creada la Liga de las Naciones con la finalidad de establecer las bases para garantizar la paz y la organización de las relaciones internacionales. Su primer secretario general fue Eric Drummond (1921-1933). Al inicio se integraron 36 naciones y para finales de la década de los treinta, antes de iniciar la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), habían logrado incorporar a 65 países, entre ellos a Alemania que en 1925 firmó el Tratado de Locarno que propició su ingreso a la Liga un año después.
La Liga de las Naciones.
La historia consigna claroscuros de la Sociedad de Naciones por su fracaso en el propósito de impedir las invasiones de Japón a Manchuria y la de Italia a Etiopía, lo que puso en evidencia su incapacidad para frenar las ansias neocoloniales de esas y otras naciones. En lo positivo, además del mencionado Tratado de Locarno, entre 1924 y 1929, la Liga procuró evitar una nueva conflagración. La firma, en París, del Pacto Briand-Kellogg (1928), a iniciativa del ministro de Asuntos Exteriores de Francia, Aristide Briand, y del secretario de Estado de los Estados Unidos, Frank B. Kellog, logró que los quince Estados signatarios se comprometieran a no usar la guerra como mecanismo para la solución de las controversias internacionales.
Este pacto es considerado el precedente inmediato del artículo 2.4 de la Carta de las Naciones Unidas, en el que se consagra, con carácter general, la prohibición del uso de la fuerza. Esta a la vista que ese Tratado no ha impedido nuevos conflictos internacionales, por lo que al paso de los años se ha cuestionado su utilidad. Sin embargo, hay que reconocer que, en sus orígenes, permitió fundamentar las acusaciones de “crimen contra la paz” utilizados en los juicios de Núremberg contra miembros del ejército y del gobierno nazi, causantes del Holocausto.
La Liga, hay que resaltarlo, heredó a la ONU organismos supranacionales muy importantes como la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización Internacional el Trabajo (OIT), y una estructura organizativa que parte de la Asamblea General como órgano superior, que, desde entonces, delega en el Consejo de Seguridad las decisiones esenciales incorporando el veto que, hasta la fecha, castra la posibilidad de que avancen propuestas derivadas del consenso de la Asamblea General.
La Gran Depresión, originada en los Estados Unidos, pronto irradió al resto del planeta afectando a naciones industrializadas y no industrializadas. Esta crisis económica acrecentó la impotencia de la Liga para cumplir su fin principal: evitar un nuevo conflicto mundial. La caída en la demanda generó una crisis severa en varias naciones europeas, especialmente en la Alemania de la República de Weimar, afectada por la cancelación de compras de carbón y acero de naciones como Estados Unidos e Inglaterra.
La pérdida de empleos y la hiperinflación se convierten en caldo de cultivo para que el movimiento nacionalista, encabezado por Adolfo Hitler, ascendiera en las preferencias electorales, si bien lo que lo llevó al poder no fueron los votos sino el temor del presidente Hindenburg y del canciller Von Papen por el crecimiento de su fuerza electoral y la presencia en las calles, cada vez mayor y más violenta, de las huestes nazis, especialmente de los jóvenes, que se convirtieron en fieles seguidores de sus tesis fundadas en la expansión geopolítica, en la supremacía de la raza aria y en la promesa de construir una nación poderosa.
La llegada de Hitler al poder, en 1933, y el establecimiento del Tercer Reich, son la génesis de la nueva travesía hacia un colapso bélico de nivel mundial. No abundaré en los pormenores de la Segunda Guerra (1939-1945), que enfrentó a las potencias del Eje (Berlín-Roma-Tokio) con los Aliados (Gran Bretaña, Francia y los Estados Unidos), cuyo desenlace, en 1945, ya conocemos.
No omito comentar el importante papel que jugó la URSS en este conflicto, pasando de la neutralidad, derivada de un pacto de no agresión signado con Hitler, a la invasión del territorio soviético por el ejército nazi traicionando los acuerdos de paz y neutralidad. El “Plan Barba Roja” generó, en 1942, la movilización cientos de miles de soldados, de tanques y de la aviación alemana en lo que el alto mando germano anticipaba como una victoria clara y rápida del poderoso ejercito teutón “sobre unas tropas soviéticas carentes de la maquinaria de guerra suficiente para oponerse a la invasión.”
Sin desmerecer la valiente defensa de los soldados soviéticos, la derrota alemana tuvo como origen principal las condiciones climáticas que diezmaron a su ejercito, al igual que había ocurrido en 1812, con las fuerzas de ocupación francesas al mando de Napoleón Bonaparte, que, con su derrota en suelo ruso, abrió las puertas para la caída de su imperio nacido en 1804. En 1942, La URSS, liderada por José Stalin, encontró en la victoria en Stalingrado la fuerza y el aliciente necesarios para expulsar al ejército invasor hacia su casa, la que caería en sus manos en marzo de 1945. En el trayecto hacia el territorio alemán, los soviéticos fueron estableciendo las bases de dominación de lo que, al concluir el conflicto, se convertiría en el bloque socialista.
Quién iba a pensarlo, la cenicienta del cuento se convirtió en la vencedora y en parte activa de los acuerdos del Atlántico Norte y de Potsdam que definieron no sólo la división de la Alemania ocupada y derrotada, sino del mundo entero en dos grandes bloques, origen de la “Guerra Fría” que durante 45 años estableció las reglas de la geopolítica mundial, hasta la caída del Muro de Berlín (1989), la desintegración de la URSS (1991) y la entronización de un mundo unipolar, dominado por la tríada del comercio internacional que embonó perfectamente en el mundo globalizado de los acuerdos multinacionales y del impulso al libre comercio que consolidó el dominio de los Estados Unidos en el contexto capitalista internacional.
Fin de la Guerra Fría: un mundo unipolar.
Esta nación reforzó su papel de “gendarme del mundo”, sin que la ONU pudiera o quisiera hacer algo para impedirlo. Había triunfado la “Guerra de las Galaxias” y, de paso, los norteamericanos consolidaron el nuevo orden económico mundial bajo las tesis del “Consenso de Washington” (1991), que impuso las reglas para la implementación del modelo económico diseñado en la Universidad de Chicago: el neoliberalismo. Los Tratados de Breton Woods escalaron a un modelo que garantizaba la dominancia económica e ideológica “del Imperio del bien”, como garante de la democracia y la libertad, frente al autoritarismo y centralismo soviético.
Muchos investigadores, politólogos, internacionalistas, juristas, entre otros, consideran que la ONU de 1945 no se corresponde en absoluto con la realidad internacional actual. Crisis como las de Oriente Medio, Bosnia, Ruanda, Kosovo; los problemas crecientes por las migraciones y la pobreza que se acrecentará por esta pandemia, obligan a reducir de manera importante “el profundo grado de divorcio existente entre la realidad y las estructuras formales de este organismo multinacional.”
Los juristas apuntan a que el fracaso de la ONU, “es consustancial al propio modelo diseñado en su carta constitutiva”, ya que la Carta fundacional “anulaba su capacidad para actuar como ente autónomo frente a las presiones de los Estados”, dependencia que se reforzó derivado de un sistema financiero que está sujeto a las voluntades de las naciones, especialmente de las económicamente más fuertes.
¿Se puede hacer algo para revertir esta situación? No es una tarea fácil. Los escépticos, que no son pocos, consideran muy difícil que los diversos Estados miembros, especialmente los poderosos, renuncien al obsesivo impulso imperial de “imponer su propia fuerza a favor de un sistema de seguridad colectivo capaz de proteger a los débiles y con ello atender de manera más rápida y efectiva a los eventos que perturban la paz social.”
Lo anterior obliga -ahí radica el principal problema-, a que se dote a la ONU de mayor poder, de más autoridad “a fin de ejercer sobre los Estados un doble control. De una parte, un control político del Consejo de Seguridad por parte de la Asamblea General; de la otra, un control jurisdiccional de las decisiones de ese mismo Consejo por parte de un Tribunal Internacional de Justicia realmente decisorio y no meramente consultivo.”
Javier Solana, quien fuera secretario general de la OTAN, en un artículo publicado en “El País” (23/09/2020), señala que a lo largo de 75 años la organización creada en 1945, “ha sufrido muchos sinsabores”. Sin embargo, considera que “pese a las limitaciones que la aquejan, estaríamos peor sin ella.” Quien fuera ministro de Asuntos Exteriores en el gobierno de Felipe González, predice que, sin la existencia de esta organización internacional, tendríamos: “Un panorama global más anárquico, que relegue a las organizaciones internacionales a un papel residual y desdeñe los principios básicos de convivencia entre Estados, lo cual beneficiará exclusivamente a aquellos que se han especializado en pescar a río revuelto.”
¿Qué podemos hacer con la ONU?.
La visión prospectiva de Solana está conformada por un mundo matizado “por el expansionismo territorial, injerencias gratuitas en los asuntos internos de otros Estados, ciberataques masivos a infraestructuras estratégicas, espionaje desenfrenado y la utilización impune de sustancias químicas y otros medios ilegales para amedrentar o incluso eliminar adversarios políticos. La clase de conductas, en definitiva, que la ONU nació para evitar.”
Frente a este escenario, vale preguntarse: ¿Cómo podríamos rendir un justo homenaje a este organismo internacional al cumplir 75 años de vida? Solana considera que lo ideal sería convertirlo en “un sólido parapeto desde el que hay que afrontar las grandes convulsiones que nos depara el siglo XXI. Por ahora -lo deja muy claro- estamos lejos de lograr ese objetivo.”
¿Cuál es la visión que tienen de la ONU su actual secretario general? En su mensaje oficial, Antonio Guterres, precisó que la organización que dirige se mueve hoy en un contexto caracterizado por la polarización política, sacudido por numerosos conflictos regionales, enfrentando a una emergencia climática y a una crisis económica global, y, por encima de todo ello, doblegados por una terrible pandemia que ya ha dejado casi un millón de muertos por todo el planeta.”
El secretario general nacido en Portugal, no disfraza ni atenúa una realidad compleja, por el contrario, describe el escenario con total crudeza: “La calamidad climática acecha. La biodiversidad está colapsada. La pobreza crece de nuevo. El odio se expande. Las tensiones geopolíticas escalan. Las armas nucleares siguen en una alerta de gatillo sensible. Las tecnologías han abierto nuevas oportunidades, pero también nuevas amenazas. La pandemia de la covid-19 ha dejado al descubierto las fragilidades del mundo. Solo podemos afrontar esta situación juntos.” Una muy clara descripción del escenario, sí, pero la pregunta obligada es: ¿Qué va a hacer la ONU para evitar el colapso que se vaticina?
Coincidiendo con este aniversario, la ONU lanzó un estudio demoscópico masivo alimentado mediante encuestas y reuniones con más de un millón de personas de los 193 países miembros con la finalidad de “determinar las esperanzas y miedos de la gente de cara al futuro.” Atribulados por los efectos sanitarios y económicos provocados por la pandemia, los encuestados piden a sus gobiernos mejores servicios básicos: sanidad y educación de calidad, al tiempo que demandan de la comunidad internacional mayor solidaridad y un apoyo real a las naciones más desfavorecidas. Los encuestados reclaman, además, acciones contundentes para enfrentar los efectos del cambio climáticos, el impulso de políticas públicas que promuevan la sostenibilidad y eviten la destrucción del medio ambiente.
Año 76. Los retos a enfrentar por la Organización de las Naciones Unidas son inmensos. ¿Podrá revertir las inercias, alentar una auténtica vida democrática interior y promover la solidaridad internacional, en estos tiempos en los que, no hay duda, vivimos los efectos de una nueva guerra fría? Su prueba de fuego será garantizar una distribución universal de la vacuna contra la Covid-19, poniendo freno a cualquier intento de nacionalizar su producción o de politizar su distribución. Tarea nada fácil. Estaremos atentos.