Emilio de Ygartua M.
Lunes 11 de mayo 2020.
En entregas anteriores he señalado los efectos que ha generado la pandemia del COVID-19. No se salvará ningún país de una crisis económica que puede calificarse como la más severa de la historia del modo capitalista de producción, porque llegó acompañada de una caída de la demanda derivada de la reducción de la movilidad, de mercancías y personas, determinada por algunas naciones como primera medida para evitar que la epidemia generada en Wuhan, China, escalara, como lo hizo, a pesar de todo, al nivel de pandemia.
Los motores de la economía mundial, que ya de por sí evidenciaban el fin de un período de auge, sufrieron un drástico parón por la caída abrupta de la demanda de mercancías, entre ellas, de los hidrocarburos. La drástica reducción de las compras a futuro de petróleo y gas, derivadas de la expectativa de que la epidemia se convirtiera en algo más grave, aunado al fracaso de las negociaciones entre Rusia y Arabia Saudita para reducir la producción y evitar una mayor depreciación del barril de petróleo, puso los últimos clavos en el ataúd de la economía mundial.
Como sabemos, el acuerdo alcanzado por la OPEP+ de reducir 9,800 millones de barriles a la producción diaria, no fue suficiente, ya que para entonces la sobre oferta de hidrocarburos tocaba los 20 mil millones de barriles. Surgió entonces un nuevo problema: cómo almacenar el excedente. Paradójicamente, con precios por abajo del costo de producción, resultaba menos tóxico regalar el combustible que almacenarlo. ¿Cómo lograr el equilibrio entre lo producido y lo demandado, en un momento en que la producción mundial se ha paralizado debido al obligado confinamiento que la mayoría de los países han dispuesto para evitar el avance del contagio? Mientras esté parada la economía, será imposible. La disyuntiva, ética en muchos sentidos, está entre proteger la salud pública o la salud de la economía. Vaya dilema. Lamentablemente, creo que la balanza se inclinará por la segunda.
El PIB de prácticamente todos los países del orbe (salvo China, que crecerá un magro 1.2%) decrecerá radicalmente en este año. Se equivocan los que consideran que la caída del PIB no es importante. Esta medición no es ideológica, es el parámetro para conocer el crecimiento económico de una nación en comparación con el año inmediato anterior. Esta medición se realiza desde hace 150 años. Si no hay crecimiento, no habrá desarrollo y ninguna política pública orientada a impulsar el bienestar social, aunque esté garantizado por la Carta Magna, se podrá concretar.
No nos equivoquemos, si se busca recaudar más impuestos estos devienen de la actividad económica, de la generación de empleos y de la producción. Una política fiscal eficiente y efectiva es necesaria para captar más recursos. El PIB sí importa. No siempre se van a recibir 4,200 millones de dólares de remesas en un trimestre. Carlos Salazar Lomelí, presidente del Consejo Coordinador Empresarial, quien pasará a la historia por su terco e irrenunciable propósito de tender puentes entre gobierno e iniciativa privada, promovió un foro en el que empresarios, dirigentes sindicales, académicos y especialistas, abordaron temas relacionados con la pandemia y sus efectos en la salud y en la economía. En ese foro se habló de los efectos globales y de los comportamientos que pueden adoptar otros países, entre ellos el proteccionismo, que derivaría en un cierre de fronteras para muchos productos y personas derivado de la pérdida drástica de empleos. Estados Unidos registró en el mes de abril una tasa de desempleo cercana al 15% de la población económicamente activa. En el 2009, esa tasa no llegó a los dos dígitos.
Oídos sordos para la IP.
Resultado del foro organizado por el CCE, la IP propuso crear un Consejo de Emergencia Económica al tiempo que pusieron sobre la mesa 68 propuestas para enfrentar la emergencia económica. Estas propuestas se aglutinaron en 10 acuerdos: cuidar la salud de los mexicanos; proteger el empleo y las fuentes de ingreso; reactivar la economía; minimizar los costos; estimular el crecimiento; reasignar el presupuesto; convocar a la cooperación internacional; diversificar el comercio; aumentar temporalmente la deuda pública, y tener una visión de largo plazo. ¿Le suenan lógicos y viables estos acuerdos? A mi sí.
Carlos Salazar, muy entusiasmado por lo acordado, respetuoso de las formas como ha sido siempre, dio su lugar al jefe del Ejecutivo federal al afirmar: “Esperamos que la misma autoridad convoque a un Consejo Nacional para la Recuperación Económica, exactamente igual que el Consejo de Salubridad General”. Tan optimista estaba, que solicitó un espació al presidente Andrés Manuel López Obrador para presentarle las propuestas. La respuesta: “Véanlo con la secretaria de Economía”. Un nuevo portazo que corrobora que, para el gobierno federal, no hay más estrategia que la que él propio presidente ha establecido.
Ninguna de las 68 propuestas contempla rescates de empresas, ni nuevos FOBAPROAS, tampoco la condonación de impuestos. Son acciones sin las cuales la crisis puede ser mucho más severa de lo que se ha previsto. Al momento, en México se han perdido más de medio millón de empleos y, coinciden muchos especialistas, la contracción del gasto público, a través de nuevas medidas de austeridad, como dejar sin aguinaldo a los mandos superiores, o no ejercer parte del presupuesto en compras, no serán la solución. En este tipo de crisis, lo fundamental es aumentar el circulante monetario vía gasto público.
Alejandro Werner, mexicano, que actualmente es director del Departamento del Hemisferio Occidental del FMI, participó en el foro organizado por el CCE, sumándose a las propuestas de este organismo empresarial. Cabe mencionar que Werner fue actor destacado en los procesos de rescate de la economía mexicana en las severas crisis, una local, en 1995, la otra global, en 2008-2009. También, que en diferentes foros ha señalado que es correcto lo que quiere hacer el presidente López Obrador de apoyar a los sectores más débiles de la economía, a los pobres, pero que la ayuda a ese 70 por ciento, no debe cancelar el apoyo al otro 30 por ciento, que en muchos sentidos en las que mueve la maquinaria económica.
Claro de que la respuesta presidencial a la recomendación del FMI de que México eleve su deuda para enfrentar la crisis económica provocada por el coronavirus Covid-19, es un “ni lo sueñen”; Werner recordó que nuestro país “no tiene desbalances fiscales y cuenta con acceso a mercados internacionales y a una línea de crédito flexible por 60 mil millones de dólares”, con ese organismo internacional. Para él, sería un error perder de vista que la economía mexicana se puede contraer un 6.6%, “la mayor recesión entre las economías latinoamericanas.” Ante este escenario complejo, planteó que México “debe diseñar un paquete de respuestas para apoyar a las personas y a las empresas afectadas.”
Recalcó la importancia de los programas sociales “para compensar la caída del ingreso familiar, ya que muchos beneficiarios completan sus gastos con otros ingresos, los cuales podrían ser afectados por la crisis”, pero insistió en la necesidad de impulsar una política fiscal “que vaya de la mano de la implementación de una reforma tributaria que entre en vigor una vez que se normalice la situación”.
El funcionario del FMI, recomendó, entre otras cosas, implementar esquemas para: 1. Posponer el pago de impuestos de empresas afectadas por la pandemia; 2. Adelantar el pago de aguinaldos; 3. Establecer un seguro de desempleo a través de retiros de los fondos de los trabajadores en los Afores, para reactivar la economía. Finalmente, hizo un “llamado respetuoso” al gobierno: “trabajar de la mano con la iniciativa privada.” ¿Será una nueva prédica en el desierto?
¿Cómo volver a “la nueva normalidad”.
No existe un manual para enfrentar esta crisis. Ni la ONU ni la OMS fueron capaces de proponer un protocolo de atención homólogo. Cada gobierno ha seguido su propia ruta de navegación, eludiendo, incluso, adoptar medidas exitosas implementadas por países en donde la epidemia tocó primero a la puerta. Los éxitos de Corea del Sur, de Portugal, de Suecia, son bien conocidos. ¿Hacemos test, no lo hacemos? ¿Usamos cubre bocas, no los usamos? ¿Paramos la economía, o la paramos?
Como era de esperarse, si en los momentos del escalamiento cada gobierno hizo lo que mejor le parecía: prueba y error en muchos casos; ahora que ha iniciado el proceso de reapertura, cada uno ha tomado medidas diferentes, no obstante las advertencias del director general de la OMS, que uno día sí y otro también, alerta de que un retorno de las personas a las calles y la reanudación de las actividades económicas de manera acelerada, puede tener como “castigo” un segundo brote de contagios y una vuelta hacia atrás, luego de tantos días de confinamiento.
Las divergencias emergen como icebergs incontrolables. Los políticos, en todas partes, han mostrado el rostro más infame: el del oportunismo. Todos, los que están en el ejercicio del poder, y los que lo buscan, cotidianamente muestran su propósito de sacar beneficios de la desgracia con la vista puesta en su futuro y no en el bien común. Si el partido en el gobierno propone algo, las oposiciones lo refutan o lo bloquean; si éstas son las que hacen alguna propuesta, el gobierno pone oídos sordos lo que hace imposible un acuerdo que, dejando atrás los disensos, permita la unidad que es la mejor manera de enfrentar la adversidad.
En España, por citar un ejemplo, ha sido imposible construir “un nuevo pacto de la Moncloa” que permita tomar decisiones consensuadas. Mientras el gobierno de coalición propone alargar el Estado de Alarma, los opuestos dicen que es un afán autoritario que evidencia que se quiere imponer un “Estado de excepción”. Mientras el gobierno pide cautela para reactivar la economía, los opuestos dicen que lo que se busca es matar a la economía de libre mercado, porque lo que impera es un modelo comunista en los asociados (Juntas Podemos) al gobierno de Pedro Sánchez.
Mientras un presidente en campaña electoral reinicia en los Estados Unidos sus actividades proselitistas con una entrevista a su canal favorito, FOX News, al pie de la estatua de Abraham Lincoln, sus leales seguidores salen a las calles y acuden a las playas de California a exigir el fin del confinamiento, en un país que ha rebasado las cifras de contagio y de muertes ocurridas en toda Europa. Frente a esta demanda, de los que no creen en el cambio climático, mucho menos en la virulencia del COVID-19, surgen las voces de varios gobernadores, la mayoría de filiación demócrata, que se niegan a aceptar el mandato federal, e invocan la soberanía consagrada en la Constitución: “No se reactivará la economía hasta que baje el numero de contagios”, exclaman.
En el cono Sur, en Brasil, el presidente Jair Bolsonaro despide a su secretario de Salud por defender el confinamiento. El exfuncionario, que había ganado mucha popularidad, advierte que habrá un crecimiento exponencial de contagios y muertes. Su dicho se ha cumplido. Brasil es ya el epicentro de la pandemia. Pero el ultraconservador mandatario no se conmueve, más bien se mueve buscando que el Ejército encabece un autogolpe de Estado que le otorgue facultades extraordinarias para gobernar sin contrapesos en el Congreso. La intentona fue detenida por el propio secretario de la Defensa quien expresó, molestó por las artimañas de su mandatario, que las fuerzas armadas reiteraban su lealtad a las instituciones y a la democracia, en una nación polarizada merced a las posturas retrógradas de un jefe del Ejecutivo que acusa a la OMS de promover la homosexualidad y la masturbación entre los niños de su país a través de sus guías didácticas.
Un peligroso retorno al medievo en la más poderosa nación sudamericana; allí, donde Sergio Moro, sí, el fiscal de hierro que llevó a la cárcel a Ignacio Lula de Silva, también ha sido defenestrado luego de acusar a su jefe de querer poner a “su cuate” como cabeza de la policía federal, en un país donde han resurgido las siempre temidas “brigadas de la muerte”, que lo mismo asesinan, con total impunidad, a homosexuales, a narcomenudistas que a los opuestos al régimen que los califica de “comunistas”. Un deja vu de los años setenta del siglo pasado.
Ayer, hoy y mañana.
La compleja situación que hoy vivimos; la incertidumbre, la ansiedad y la preocupación que genera una pandemia que ha implotado (romper con violencia un objeto hueco por exceso de presión exterior) al sistema capitalista, poniendo en riesgo al modelo económico que los sustenta, nos obliga a pensar en el ayer, en otros momentos similares, decisivos para nuestra historia presente. Hace 75 años, los aliados (con la URSS como último adherente), ocuparon Berlín, obligando a la capitulación del Tercer Reich. Fueron seis años de guerra que dejaron un saldo superior a los 50 millones de muertos, entre ellos, los 6 millones de judíos asesinados por los nazis.
El mismo día (8 de mayo de 1945), a la misma hora, la reina Isabel II, pronunció un mensaje a sus gobernados, con una fotografía de su padre, Jorge VI, en el escritorio desde el cual la monarca más longeva de la historia inglesa, recordaba los tiempos difíciles que les tocó vivir entre 1939 y 1945. Vencieron a un terrible enemigo que los bombardeó día tras día, pero que no los hizo claudicar. Entonces, salieron victoriosos, no sin muertos, no sin “sangre, sudor y lágrimas”, como dijo el entonces primer ministro, Winston Churchill.
Ahora, la monarca inglesa exhorta nuevamente a sus gobernados a enfrentar con igual valor a la pandemia: “A hacerlo con la inteligencia, entereza y el valor de sus ancestros”. No lo hizo ella, pero vale utilizar las memorables palabras pronunciadas, en el Parlamento inglés, por el mismo Winston Churchill: “Nunca tantos hombres y mujeres debieron tanto a tan pocos”, refiriéndose a la Real Fuerza Aérea Británica que, por fin, había repelido los ataques aéreos alemanes. Hoy, esa frase debe utilizarse para rendir homenaje a los médicos, enfermeras y trabajadores de la salud, en la primera línea de fuego, enfrentando a un enemigo común: el coronavirus.
Espero que pronto podamos decir que hemos vencido a la pandemia, o al menos controlado al virus. Entonces, cuando hagamos el obligado homenaje a ellos, a los profesionales de la salud, y el recordatorio a las víctimas de “esta guerra sanitaria”, no olvidemos que nos esperan en el futuro nuevos combates de este tipo; debemos estar mejor preparados, con un sistema de salud más fuerte y con más soldados, médicos y enfermeras, con mejores armas para enfrentar estas y otras contingencias que seguramente vendrán. Espero que los gobernantes, los actuales y los futuros, no vuelvan menospreciar este tipo riesgos, desechando todas aquellas teorías y todos aquellos modelos que los llevaron a abandonar a la sociedad, a renunciar a garantizar sus derechos esenciales: combate a la pobreza, salud y educación de calidad, trabajo bien remunerado y vivienda digna. Todo esto, sin menoscabo de su derecho a más y mejor democracia, a más y mejor libertad de expresión y de pensamiento.